El palacio de Gripsholm (fragmento)Kurt Tucholsky

El palacio de Gripsholm (fragmento)

"Estábamos a mitad de las vacaciones.
Nos bañábamos en el lago, nos tumbábamos desnudos en la orilla, en algún lugar recóndito, y nos saciábamos de sol de tal manera, que a medio día regresábamos medio encandilados y ebrios de luz, aire y agua; silencio; comida; bebida; siesta; tranquilidad; vacaciones. Y llegó el día. «¿Vamos a recogerle?» — «Vamos a recogerle». Hacía un día espléndido, un tiempo, como decía la princesa, para no quedarse en casa. Fuimos a la estación. Era una estación minúscula; de hecho sólo era una casita, pero se lo tomaba tan en serio, lo de ser estación, que había olvidado que era una casa. Incluso disfrutaba de doble vía, como debe ser en una estación, y al fondo apareció resollante el vagón. Allí no había tren: sólo un vagón motorizado. Le habían puesto una pequeña chimenea para darle mayor credibilidad. Llegada. Chirrido de frenos. Karlchen.
Como siempre cuando hacía tiempo que no nos habíamos visto, hizo una mueca tranquilo-amistoso-embobada y dijo: «Ah… aquí estás…». Vino hacia nosotros. La sombra del siguiente saludo se asomaba ya a su rostro, en la mano sostenía una pequeña maleta. El tipo era bien proporcionado y su cara, con pequeñas cicatrices, tenía un aspecto «joven y alerta», como él decía.
Hola, te presento… y ésta es… estrechaos la mano… y: ¿Dónde tienes el resto del equipaje? Y cuando ya pasamos las frases preliminares: «Bueno, Karlchen, ¿qué tal el viaje?».
Había volado hasta Estocolmo y había llegado a medio día… «¿Qué tal?» — «Bueno…» dijo Karlchen y, siguiendo una vieja costumbre, rechinó los dientes — «había una señora mayor que se sentía mal. Dame un cigarrillo. Gracias. Por suerte, están aquellas bolsitas… Cuando ya había utilizado dos, no llegó a tiempo la tercera y el hombre que estaba a su lado deberá comprarse una nueva gabardina o llevar la vieja a la tintorería. Lástima que yo no estaba sentado a su lado. Aparte de esto, la perspectiva era muy bonita. Y, ¿qué tal, señora mía? ¿Le gusta esto?».
Cuando Karlchen decía «señora mía», a pesar de no creer en tales formalismos, se ponía tieso e inclinaba finamente el cuerpo hacia delante; al mismo tiempo hacía un movimiento fascinante que consistía en extender el antebrazo de golpe y, con el codo en ángulo, volver a retirarlo, como si quisiera comprobar el estado de los puños de su camisa. "



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