La noche de los niños (fragmento)Toni Morrison

La noche de los niños (fragmento)

"Booker era parte del sufrimiento, no la salvación, ni mucho menos, y ahora la vida de Bride era un desastre por su culpa. Antes tenía todos los pedazos bien cosidos: el encanto personal, el control en una profesión apasionante e incluso creativa, la libertad sexual y, sobre todo, un escudo que la protegía de cualquier emoción demasiado intensa, ya fuera la rabia, el bochorno o el amor. Ante una agresión física no había reaccionado con menos cobardía que ante una ruptura repentina e inexplicada. La primera había provocado lágrimas; la segunda, un frívolo «¿Y qué?». La paliza de Sofía había sido como la bofetada de Sweetness sin el placer del contacto físico. Ambas confirmaban su impotencia frente a la crueldad desconcertante.
Demasiado débil, demasiado asustada para resistirse a Sweetness, o al casero, o a Sofía Huxley, no le quedaba otra que plantar cara de una vez por todas y enfrentarse al primer hombre con el que se había sincerado, sin saber que se burlaba de ella. Le haría falta valor, eso sí, pero, teniendo en cuenta su éxito profesional, creía tenerlo en abundancia. Eso y belleza exótica.
Según Sally y el reparador de instrumentos, Booker era de un pueblo que se llamaba Whiskey. Quizá había vuelto allí. Quizá no. Podía estar viviendo con Q. Olive, otra mujer a la que no querría, o podría haber pasado página. Fuera como fuese, Bride daría con él y lo obligaría a explicar por qué no se merecía un mejor trato y, en segundo lugar, ¿qué significaba eso de no era la mujer que quería? ¿A quién se refería? ¿A esa mujer en concreto? ¿A la que conducía un Jaguar con un vestido de cachemira blanco perla y unas botas de piel de conejo cepillada del color de la luna? ¿La tía despampanante, según cualquiera con ojos en la cara, que dirigía un importante departamento de una empresa valorada en mil millones de dólares? ¿La que ya estaba concibiendo nuevas gamas de productos; pestañas, por ejemplo? Además de más pecho, toda mujer (ya fuera la que Booker quería o cualquier otra) anhelaba pestañas más largas y más gruesas. Daba igual que estuviera flaca como una cobra y muerta de hambre: si tenía tetas como pomelos y ojos de mapache, cualquier mujer era feliz a más no poder. Perfecto. Se pondría manos a la obra después del viaje.
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Demasiado débil, demasiado asustada para resistirse a Sweetness, o al casero, o a Sofia Huxley, no le quedaba otra que plantar cara de una vez por todas y enfrentarse al primer hombre con el que había sincerado, sin saber que se burlaba de ella. Le haría falta valor, eso sí, pero, teniendo en cuenta su éxito profesional, creía tenerlo en abundancia. Eso y belleza exótica.
Según Sally y el reparador de instrumentos, Booker era de un pueblo que se llamaba Whiskey. Quizá había vuelto allí. Quizá no. Podía estar viviendo con Q. Olive, otra mujer a la que no querría, o podría haber pasado página. Fuera como fuese, Bride daría con él y lo obligaría a explicar por qué no se merecía un mejor trato y, en segundo lugar, ¿qué significaba eso de no era la mujer que quería? ¿A quién se refería? ¿A esa mujer en concreto? ¿A la que conducía un Jaguar con un vestido de cachemira blanco perla y unas botas de piel de conejo cepillada del color de la luna? ¿La tía despampanante, según cualquiera con ojos en la cara, que dirigía un importante departamento de una empresa valorada en mil millones de dólares? ¿La que ya estaba concibiendo nuevas gamas de productos; pestañas, por ejemplo? Además de más pecho, toda mujer (ya fuera la que Booker quería o cualquier otra) anhelaba pestañas más largas y más gruesas. Daba igual que estuviera flaca como una cobra y muerta de hambre: si tenía tetas como pomelos y ojos de mapache, cualquier mujer era feliz a más no poder. Perfecto. Se pondría manos a la obra después del viaje.
La autopista fue vaciándose de tráfico cada vez más a medida que avanzaba hacia el este y luego hacia el norte. Se imaginó que pronto habría bosques a ambos lados que la observarían, como hacían siempre los árboles. Tardaría pocas horas en adentrarse en los valles del norte: campamentos forestales, pueblecitos con menos años que ella, caminos de tierra antiguos como las tribus. Aprovechando que aún circulaba por la autopista estatal, decidió buscar una cafetería, comer algo y adecentarse un poco antes de penetrar en un territorio demasiado despoblado para ofrecer comodidades. En una misma valla, varios carteles anunciaban distintas marcas: uno ofrecía gasolina, cuatro comidas y dos alojamiento. Tres millas más adelante, Bride salió de la autopista para detenerse en aquel oasis. La cafetería que eligió estaba impoluta y desierta. El olor a cerveza y a tabaco no era reciente, como tampoco lo era la bandera confederada enmarcada que estaba pegada a la oficial de Estados Unidos. "



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