El chico del Maravillas (fragmento)Lluís Llach

El chico del Maravillas (fragmento)

"En un momento de calma y mientras se organizaban las posiciones de los protagonistas en el escenario, lanzó una mirada hacia la inmensa caja del Grand Théâtre. Su humilde experiencia de tramoyista le permitió comprender los mecanismos prácticos con los que se había diseñado aquel telar. Claro, diáfano, automatizado, incorporando grandes avances tecnológicos, un escenario operativo que permitía cambios rápidos y espectaculares para deslumbrar a los espectadores. Embelesado contemplándolos se topó con Josep Fort, que seguía encargado de organizar la producción y ya hacía días que estaba en la ciudad. Se saludaron muy afectuosamente. A pesar de que Josep seguía tratándole de usted, Roger le veía como un aliado dispuesto a socorrerle ante los problemas que pudiesen presentarse. Y, por su parte, el joven productor se sentía orgulloso de haber ayudado al debut de un chico a quien todo el mundo, desde Tabernier hasta el último cantante del coro, consideraba un diamante a punto de deslumbrar al mundo del bel canto.
El ensayo fue rápido. Primero un pase de movimientos, con las indicaciones precisas de Pippo Cardino, que parecía aún más nervioso que en Barcelona. Después, un repaso técnico de las luces y de los decorados, el ensayo musical refinando detalles y, al final, el ensayo general. Roger pudo comprobar que la sala de aquel teatro impoluto también era totalmente sorda. El teatro absorbía el sonido del escenario y no devolvía nada. Se repetía las palabras del maestro Barrera: «Es cuando el cantante no se oye cuando la voz corre hasta el último rincón de la sala». Los decorados eran los mismos que en Barcelona, pero parecían más precisos, más limpios. Era Ginebra, actuaba en Ginebra, y la orquesta ya atacaba su aria.
El director Tabernier, justo antes de darle la entrada le guiñó el ojo. Aquel gesto de confianza fue como un enérgico masaje en el diafragma que le hizo alzar la voz como un águila, planeando en las alturas cuando era necesario, bajando ágil hasta las profundidades, ora rápido, ora despacio... Cuando terminó el ensayo, los chicos y las chicas más jóvenes del coro fueron corriendo a felicitarle. Hasta hacía poco era uno de ellos y ahora estaba en el umbral del supuesto paraíso que muchos de ellos soñaban. Y lo hacía desde el talento y la humildad.
Cuando salieron del Grand Théâtre caía una suave lluvia sobre la ciudad. Roger y tres amigos del coro: Núria, Marcel y Dolors, decidieron que ninguna amenaza meteorológica les impediría descubrir Ginebra. Estaba oscuro, pero había gente en la calle. Los cuatro querían delectarse con la ciudad, intentar comprender por qué aquella urbe relativamente pequeña irradiaba su luz al mundo entero. Se envolvieron con bufandas y acertaron, los ojos se les llenaron de imágenes nuevas. Pasearon por la ciudad vieja, cuidada, llena de edificios nobles pero sin ostentación y, sobre todo, limpia hasta la obsesión. Marcel la comparó con la parte vieja de Barcelona y su dejadez. Núria proclamó que no podría vivir en un sitio tan perfecto. Dolors le dijo que lo que le pasaba era que sentía envidia. Roger calló. Pero fue en el lago donde quedaron boquiabiertos. Inmenso, majestuoso entre las montañas, con las luces de las avenidas reflejándose en él, la ciudad rodeándolo, algún barco amarrado... Una imagen de postal. Caminaron por un puente para peatones, los cisnes nadaban mostrándose y esperando que alguien les tirase migas de pan. Un cisne blanco sobre la nieve blanca. "



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