Regreso a Birchwood (fragmento)John Banville

Regreso a Birchwood (fragmento)

"Michael y yo nos miramos, tambaleándonos, por así decir, al borde de una revelación, y quién sabe si no hubiéramos abierto nuestros corazones de no haber oído en ese instante, a nuestro lado, o eso nos pareció, el tremendo estampido de una escopeta seguido de un aullido. Rosie estaba agachada en la linde de los árboles con la cabeza entre las manos y a su izquierda estaba papá, las piernas muy separadas, la escopeta humeante al hombro, una ilustración ridículamente estilizada del cazador arquetípico. Rosie estaba de rodillas, encogida de miedo, con los brazos aún en torno a la cabeza. Levantó un codo y miró a mi padre por debajo de él. Mi padre nos miró, y se volvió de nuevo hacia la chica. Le tembló el bigote, y una ceja saltó hacia la frente. Bajó la escopeta, todavía indeciso, y a continuación retrocedió hacia los árboles, agachando la cabeza bajo las ramas. Rosie comenzó a aullar. Michael soltó una risita.
El verano terminó oficialmente cuando se encendió el fuego en la sala. Llovió todo el día, unas gotas grandes y tristes que tamborileaban sobre las hojas muertas, y el humo se estancó en la chimenea sin llegar a salir, allí donde los grajos habían hecho su nido. La casa parecía enorme, hueca, toda vacuidad y eco. Por la mañana, descubrieron a la abuela Godkin en el vestíbulo forcejeando con un paraguas que no se abría. Se dirigía a la casita de verano, lloviera o no, y cuando intentaron impedírselo negó con la cabeza y farfulló, y siguió sacudiendo el paraguas con la misma furia. En las últimas semanas, tras su breve y vibrante intervalo de alegría incisiva cuando se planteó la posibilidad de una revuelta campesina, la abuela se había vuelto extrañamente retraída y despistada, y vagaba ausente por la casa, suspirando y a veces incluso en un llanto quedo. Decía que ahora ya no era bienvenida en Birchwood —un comentario en el que deseo hacer hincapié, por razones que revelaré enseguida—, y cada vez pasaba más tiempo junto al lago a pesar de la humedad otoñal. A menudo Michael y yo la veíamos sentada e inmóvil junto a la mesa de la casita de verano, la cabeza inclinada y los ojos muy apretados, escuchando los tenues desplazamientos y subsidencias del interior de su cuerpo, el mecanismo de este mientras se iba quedando sin cuerda. "



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