Ardiente secreto (fragmento)Stefan Zweig

Ardiente secreto (fragmento)

"Edgar se precipitó en dirección a la oficina de Correos. Tuvo que esperar. Un señor, por delante de él, planteó un montón de fastidiosas preguntas. Por fin pudo librarse del encargo e inmediatamente corrió con los recibos de vuelta al hotel. Llegó justo a tiempo para ver cómo su madre y el barón se alejaban de allí en un carruaje.
Se quedó petrificado por la rabia. Poco le faltó para agacharse y lanzarles una piedra. De modo que se le habían escapado, ¡pero con qué mentira más vulgar, más miserable! Que su madre mentía, lo sabía desde ayer, pero que podía ser tan descarada como para menospreciar una promesa, eso hizo pedazos el último resto de confianza que le quedaba. Ya no entendía nada de la vida, desde que viera que las palabras, tras las que había supuesto que se encontraba la realidad, no eran más que burbujas de colores que se hinchaban y reventaban sin dejar rastro. Pero, ¿qué terrible secreto era aquel que empujaba a las personas mayores a engañarle a él, un niño, y a desaparecer como criminales? En los libros que había leído, los hombres mataban y engañaban para conseguir dinero, para hacerse con el poder o con un reino. Pero aquí, ¿cuál era el motivo? ¿Qué era lo que querían aquellos dos? ¿Por qué se escondían de él? ¿Qué trataban de ocultar bajo cientos de mentiras? Se devanaba los sesos. Oscuramente se daba cuenta de que aquel misterio era el cerrojo de la niñez, que haberlo conquistado suponía ser un adulto, al fin. Al fin, un hombre. ¡Ah, comprenderlo! Pero ya no era capaz de pensar con claridad. La rabia que sentía porque se le hubieran escapado abrasaba y enturbiaba su inocente mirada.
Corrió hacia el bosque. Precisamente en la oscuridad podría salvarse, donde nadie le viera, y allí estalló en un torrente de ardientes lágrimas. «Mentirosos, perros, impostores, canallas.» Tuvo que gritar aquellas palabras en voz alta, si no se habría ahogado. La ira, la impaciencia, la indignación, la curiosidad, el desvalimiento y la traición de los últimos días, reprimidos en pueril combate, en la ilusión de haberse hecho mayor, hacían que el pecho le estallara, y se convirtieron en lágrimas. Era el último lloro de su niñez, la última vez que lloraba de aquella forma salvaje. Por última vez se entregó, como una mujer, a la voluptuosidad de las lágrimas. En aquella hora de rabia incontrolada echó fuera de sí, en forma de llanto, todo lo que llevaba dentro: la confianza, el amor, la credulidad, el respeto… Toda su niñez. "



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