La asesina (fragmento)Alexandros Papadiamantis

La asesina (fragmento)

"Cuando hubo llenado la cesta, el sol estaba ya muy bajo, y al salir de la capilla abandonada la vieja Jadula emprendió el regreso a la ciudad. Bajó de nuevo la cañada en dirección contraria, giró a la derecha, y empezó a subir la colina de San Antonio, por donde había venido. Pero antes
de llegar a la cima, donde está la ermita, y desde donde hay una vista panorámica del puerto y de la ciudad, vio a la derecha el amplio y bien cultivado jardín de Yanis el Hortelano, en lo profundo del pequeño valle conocido como la cañada de Mamús, que forma una curva al encontrarse con otro valle profundo, el de Ajilá, y dijo para sí: «Voy a ir al huerto de Yanis, a ver si me da un manojo de cebollas o alguna lechuga, a ver si me convida. Total, ¿qué tengo que perder?».
Al mismo tiempo, le vino a la cabeza algo que había oído unos días antes, que la mujer de Yanis el Hortelano estaba enferma.
Ignoraba si ésta se encontraba ahora en la cabaña dentro del jardín, más allá de la entrada, o si había ido a curarse a la ciudad. Pero como el propio jardinero se encontraría allí de seguro (concluyó, puesto que veía la puerta del huerto abierta de par en par), pensó en ofrecerle sus servicios con las hierbas que llevaba en la cesta, prometiéndole «remedios» para curar a su mujer. Y se dijo de nuevo: «¡Qué servicio puede ofrecerle alguien a la pobreza! La mayor bondad que tendría una es darle la hierba de la esterilidad. (Perdóname, Dios mío.) ¡O al menos la hierba de los niños! Porque nada más que pare niñas, la pobre... Me parece que tiene ya cinco o seis. No sé si se le ha muerto alguna ¡de ésas con siete vidas!».
El caso era que había buscado, en las montañas y las gargantas, a ver si encontraba «hierba de niños» para su hija, pero la que le había dado no había funcionado; por el contrario, funcionó más bien como «hierba de niñas». Y sin embargo, a ella, cuando se la dio su cuñada, tiempo ha, le hizo efecto, porque tuvo cuatro niños, y sólo tres niñas. En cuanto a la «hierba de la esterilidad», su confesor le había dicho hacía ya mucho que era un pecado muy grande.
Antes de llegar a la puerta del jardín, según bajaba por el sendero de la ladera, vio que Yanis el Hortelano no se encontraba dentro del jardín, sino que estaba en aquellos momentos en el campo vecino, que había alquilado, según parecía, como aparcero. El campo estaba sembrado de cebada, que ya estaba verdeando y creciendo, aunque aún no estaba tan alta como el jardín, que llegaba hasta la rodilla. Yanis, agachado en una esquina del campo, parecía estar quitando las malas hierbas y la cizaña de los cultivos, ahora que aún era pronto y el sol no se había puesto. Se encontraba al otro extremo del jardín, y cuando Yanú se acercó a la puerta del huerto, ya no lo veía, pues lo ocultaba el espeso seto, a bastante distancia como para no poder siquiera gritarle desde allí las buenas tardes. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com