Polvo y cenizas (fragmento)Anatoli Ribakov

Polvo y cenizas (fragmento)

"Varia no asistía a las reuniones convocadas para condenar a los «espías, saboteadores y asesinos». Se marchaba al instituto, ya que estudiaba de noche, o bien, si los empleados eran convocados durante las horas de trabajo, se iba al Soviet o a la Dirección de Obras de Moscú. Igor Vladimirovich confirmaba que, en efecto, había ido por encargo suyo. Para él, era un enigma cómo se enteraba con antelación de la convocatoria de una reunión o de una asamblea. Una vez la pillaron desprevenida, y entonces dijo delante de todos, disponiéndose a marcharse: «Ígor Vladimirovich, me voy corriendo a la Dirección de Arquitectura». Y él contestó: «Sí, sí. Apresúrese, Ivanova: están esperándola». De modo que a todos les pareció fidedigno el pretexto. Varia se dio cuenta de que le echaba una mano y, ya en la puerta, se detuvo para mirarle y hacerle una inclinación de cabeza.
El volvió a su despacho y se acercó a la ventana para verla cruzar la calle. ¿Qué podía hacer? Amaba a aquella chiquilla, la amaba desde hacía ya tiempo, desde que la vio en el Nacional. Llegó con Vika, circunstancia que no la favorecía, pero cuando se quitó el sombrero de ala ancha y él pudo ver sus ojos, comprendió que no importaba en absoluto con quién hubiera venido. Lo único que importaba era encontrar un pretexto para marcharse juntos. Luego la perdió de vista. Vika le contó que se había casado con un jugador de billar, un griego, pero que se habían separado. Y cuando Lióvochka la llevó a su oficina para ver si podrían admitirla de delineante, Igor Vladimirovich quiso ver en ello un presagio del destino.
Dos años atrás, Ígor Vladimirovich se había decidido a enviarle una carta para que supiera que la amaba. Al día siguiente, Varia fue a su despacho y se detuvo en la puerta. Llevaba un vestido sin mangas, y él le dijo que tenía un bonito bronceado. «He estado en la playa —replicó—. En Serébrenni Bor. Pero he venido por lo de su carta.» Y, después de una pausa, le dijo que amaba a otro hombre, que estaba lejos pero que volvería dentro de un año, si tuvo el coraje de sonreír: «Bueno, Várenka, pues esperaré yo también».
Desde luego, le hubiera gustado saber quién era ese hombre al que amaba. No le pareció apropiado preguntárselo directamente, pero, por lo que contaba Vika y algunas frases de Liova, pudo colegir que se trataba de un amigo y compañero de escuela de la hermana de Varia que se hallaba confinado en Siberia, y que en casa de su madre había vivido Varía de realquilada con su marido, el jugador de billar. Sin embargo, habían transcurrido dos años, terminaba el tercero, y no se producía ningún cambio en la vida de Varia. De lo cual dedujo Ígor Vladímirovich que las cosas no se habían arreglado con aquel confinado. Veía a Varia abatida. No había tomado vacaciones y seguía en Moscú esperando algo. La situación era favorable para él, pero temía precipitar los acontecimientos. Que continuara todo igual: trabajaban juntos, la veía a diario, y ya no hubiera podido vivir de otro modo. Sólo deseaba que no cambiaran las cosas, que no fueran a peor: eran momentos difíciles y Varia no se conducía con prudencia.
Lo que más le preocupaba era que Varía no participaba en las manifestaciones de los días de fiesta. Todos los empleados, con sus mejores galas, acudían a las nueve de la mañana al lugar de concentración, formaban su columna, desfilaban por la Plaza Roja con ramos de flores y pancartas, y la única que faltaba era Varia Ivanova. Una vez le insinuó que no debía hacer eso. ¿Para qué buscarle tres pies al gato? Esas cosas saltan a la vista. Ella contestó que iba a las manifestaciones con el instituto donde estudiaba. "



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