Fin del ritual (fragmento)Noé Jitrik

Fin del ritual (fragmento)

"Salir del subte o del metro, entrar al subte o al metro, la asfixia, pero empujar para entrar, hábilmente evitar que las puertas se le cierren a uno llevándose un pedazo de nalga, o de saco, es lo mismo, hay momentos en que no se sabe qué se aprecia más.
¿Quién será el que las cierra o las abre? Un hombre, sin duda. En ese caso tendrá seguramente vida privada como cualquiera, se jubilará alguna vez, tendrá pensamientos despectivos respecto de las hormiguitas que se afanan por respirar ahí adentro o por ser conducidas por él. Raza mundial y subterránea, limitado horizonte por delante, sombrío decurso, esas vías obsesivas que de repente se convierten en metafísica idiota o en un cansancio mortal. Reflexiones muy para Sábato, qué me importa a mí del conductor aun si vive tranquilo y tiene casa en Vincennes o en Villa Malcom y no se ha convertido en un monofrénico ni aspira a proyectarse en el cosmos con una estela en la parte de abajo, en los fundillos.
La cosa pasó en Tribunales hacia Facultad de Medicina pero también en Palais Royal rumbo a Opéra, es decir siempre pasó o ni siquiera pasó pero en todo caso nada importante, experiencia intercambiable, sea como fuera algo que excita los sentidos y te hace creer muy distinto mi querido Ricardo, sobre todo muy distinto desde que me di cuenta de que leer tu libro había significado para mí un remate de toda mi vida pasada, mi vida se sacó la ropa y apareció bien clarito que así no se podía seguir, o cago fuego o me realizo, aunque ahora, después de haber hablado bastante de vos con Bécquer, un maestrito, no estoy muy seguro de que vos estés realmente destruyendo una punta de siglos de cultura occidental, como se ha dicho y escrito. Ésa era la cosa, una revelación.
Las puertas se abrieron, se apagó previamente la lucecita, o eso fue otra vez, y pasó a su lado, casi tocándolo, recogiéndolo con una mirada profundísima, una mujer cuchara erótica que le hizo caer los anteojos, tristemente descansando sobre una nariz algo más que curva y por eso indelicada. La dejó irse a pesar de la mirada de fuego, naturalmente la dejó que se deslizara como si fuera ya un recuerdo gustado aunque estaba todavía ahí nomás y habría podido levantármela, pero qué, sin presentación ni nada, sólo una mirada, una sola que de todos modos lo hizo sentirse un infeliz, la frivolité n’est pas mon fort reflexionó estúpidamente, aunque se le clave a uno la mirada de ella en el estómago y se sienta —sensación puramente subjetiva, no verificable— que si uno estira la mano y la posa en esas ancas soberbias las ancas no se contraerán para la patada, podrían ablandarse y después de todo la aventura es eso, lo que salta en cualquier parte. La dejó ir, por supuesto, se le cerraron las puertas en la cara mirándola, el tipo que pone el aparatito en el agujero y toca el pito lo empujó o el sistema superelectrónico lo ignoró y bueno, otra oportunidad más que se va caminando, caminando. "



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