El país imaginado (fragmento)Eduardo Berti

El país imaginado (fragmento)

"La casa de los Zhao tenía techos de teja y era una construcción de aristas parcialmente occidentales. Los muebles mostraban también una veleidosa mezcla de lo europeo con lo oriental. En un amplio salón, fácilmente accesible, había un piano negro de pared donde cada tanto la mujer del señor Zhao, una elegante dama que me daba miedo no sé por qué, se sentaba a interpretar una sonata de Beethoven. La música me hacía pensar inmediatamente en el puente de bambú, cuando no en Xiaomei y en mí entrelazando las manos para tocar el otoño.
Entre los Zhao había dos jóvenes que andaban todo el tiempo juntos (dos primos que debían de rondar los dieciséis o diecisiete años) y que no hacían más que observarme desde lejos, sin dirigirme la palabra, en una extraña alternancia: mientras uno me devoraba con los ojos, el otro miraba al suelo, y viceversa. Algunas jóvenes tenían cierto atractivo (superior al de los varones, al menos eso creía yo) y mi hermano solía intercambiar palabras y hasta sonrisas y bromas con dos primas que, a diferencia de los primos, eran algo más proclives a separarse.
La multitud en aquel jardín —incluyendo a los invitados, nunca había menos de cuarenta o de cincuenta jóvenes— no únicamente me abrumaba, sino que también constituía a mis ojos un peligro. ¿Quién había tenido la idea de que mi hermano y yo frecuentáramos el hogar de los Zhao? Y, ante todo, ¿con qué objetivo? Detrás de aquello creía advertir la mano de mi madre, quien no se llevaba mal con la esposa del señor Zhao y con las mujeres de los hermanos de este. Sin lugar a dudas mi madre había buscado que los Zhao nos invitaran, persuadida de que en su vasto jardín, entre flores y frutos de varios tamaños, mi hermano y yo recogeríamos la admiración o el interés necesarios para resolver —ya era hora— nuestras bodas.
Esta certeza bastaba para que, como dije antes, viera yo amenazas en cada rincón. Si por el contrario mi hermano parecía inmune a estos temores, se debía por un lado a que le gustaban las dos primas con las que cruzaba bromas (yo, en cambio, creía que los primos que tanto me miraban eran dos idiotas carentes del menor humor), pero ante todo se debía, concluyo hoy, a que esas tardes en el jardín no implicaban para él ninguna claudicación, mientras que cada momento con los Zhao equivalía para mí a un momento menos con Xiaomei. Llegué a odiar ese jardín con el que otros soñaban para su hogar. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com