El hombrecillo de los gansos (fragmento)Jakob Wassermann

El hombrecillo de los gansos (fragmento)

"Tres noches de la semana estaban destinadas a La ópera; las otras se dedicaban a la comedia.
Actuaba de primer director de orquesta un señor de mediana edad con un cabello tan rizado que causaba la admiración de las jovencitas. Era perezoso y mal educado y se llamaba Lebrecht.
El director de escena era un viejo practicón que hablaba ante el público como un lacayo irrespetuoso ante su señor. Solía acoger con un encogimiento de hombros las proposiciones de realzar el repertorio hechas por Daniel. «La Africana», «Roberto el Diablo», «El Estudiante Mendigo» y «Fra Diavolo», eran las obras en cuya fuerza de atracción ponía él su confianza. Los cantantes y la orquesta no resultaban mucho mejores que los de la ópera ambulante, y casi debía desistirse de la posibilidad de educarlos y animarlos. Los derechos creados y la desidia tradicional se oponían a toda novedad.
Si donde ha de alzar la voz el arte se encuentran filisteos pusilánimes y paniaguados gandules, no caben miras elevadas, sino únicamente vulgares deberes. Se marchitan las flores, se estrellan los sueños, y es preciso que el espíritu ingenuo esté arma al brazo contra todos los demonios de la mezquindad y de la mediocridad, so pena de sucumbir.
[...]
Para un ciclo de dieciséis canciones le había encontrado la baronesa un editor de Leipzig, que publicaría las composiciones a expensas de ella. Aquello no le alegró bastante. No se trataba de algo ganado e impuesto por fuerza. Sin embargo, le parecía que era él mismo quien regalaba, y en realidad era el obsequiado. Después de todo no tenía que agradecer nada. A la dama le gustaba la gratitud. Ni por asomo sospechaba que no buscara él protectores, sino convencidos. Los ricos no comprenden a los pobres; los de arriba no comprenden a los de abajo.
La irritabilidad de su carácter le protegía. En la deliciosa congoja por la misión que es el estigma y la tragedia de los ingenuos, se situaba al margen de un mundo, al cual pedía el pan, sólo el pan y nada más.
Cuando aparecieron las canciones, el «Phönix» publicó una crítica que sonó a acierto en los oídos de los profanos, aunque no fuese a la postre sino una puñalada trapera. El artículo iba firmado con la letra W. Wurzelmann; el lacayo disparaba desde la emboscada.
Reprodujeron aquella opinión otras revistas profesionales. Media docena de personas compraron las canciones, que se olvidaron luego.
No había nada que esperar. Lo único que se requería era ganarse el pan, tan sólo ganarse el pan. "



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