Cristo en los infiernos (fragmento)Ricardo León

Cristo en los infiernos (fragmento)

"Yo soy más revolucionario que tú...-continuó, penetrando hasta el fondo del alma de la mujer—. Yo siento con más fuerza, con más angustia que tú el dolor de las criaturas; el drama universal de los pobres y los esclavos del mundo, esclavos de las miserias de la carne y lo que es peor, de las miserias del espíritu. Creo, más que tú, en la necesidad y en la urgencia de redimirlas y alumbrar un mundo nuevo donde estén para siempre desterrados el odio, la iniquidad y la mentira. Mas para renovar el mundo es menester primero renovar al hombre, que es otro mundo, el más revuelto de todos y el más difícil de cambiar... ¡Pobres revoluciones las vuestras, que, aun al precio de tantos crímenes, no hacen sino arañar la costra de la tierra y dejan intactas, más fuertes y hondas que antes, las raíces del mal en el corazón del hombre! La verdadera revolución, la única salvadora-la cristiana—, es la que va derechamente a esas raíces y las arranca de cuajo y nos transforma el corazón y nos trae a nacer de nuevo. Es en nuestras moradas espirituales donde se obran los misterios de la vida sobrenatural y los prodigios de las grandes mudanzas de la Historia. No será posible un mundo nuevo mientras perdure en nuestro corazón "el hombre viejo", esclavo de la carne y de la culpa, sujeto a sus bárbaros instintos, ansioso de volver a la caverna y a la horda... "Todo está en el corazón": los males o los bienes, los ángeles o los monstruos, la selva primitiva o las estancias en que la Espesa se deleita con su divino Dueño. Y este hogar nunca está vacío: o lo llena Dios o el hombre. Aquí no valen efugios. Hay que optar... Pero "sin Dios no hay hombre”. Donde se expulsa a Dios ocupa el sitio el demonio... ¡Pobre de ti, Margarita, que en esa formidable opción eliges a Satanás creyendo elegir al hombre! ¿No te da lástima y espanto de ti misma?
No. Margarita le escuchaba ya sin oír, la conciencia sorda en el tumulto de su anarquía interior y de sus violentas emociones. Miraba a Pablo como arrobada y suspensa, muy abiertos los cristales turbios de sus ojos, empañados por el ardor y el vaho de tantos y tan íntimos hervores. La pasión creciente y refrenada, el choque de encontrados ímpetus, concluían de arrebatar el corazón de la mujer y robarle el entendimiento. Se sentía cada vez más hembra, más hundida en la carne de su triste y ajetreada humanidad. "



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