El chico de las palomas (fragmento)Meir Shalev

El chico de las palomas (fragmento)

"El camión escaló las empinadas cuestas hasta que llegó arriba de todo. El monte Tabor se reveló en toda su redondez y, más allá y más juguetona, la colina de Hamoreh. El Bebé sintió como si su cuerpo fuera un puntito diminuto que se desplazaba por la faz de la tierra, acercándose cada vez más a su amor. El cesto se movió de repente; las palomas se movían y él tembló con ellas. Cerca de Kafr Kana, el conductor repentinamente estalló y dijo: «¡Esta es mi casa!» y se quedó callado, igual de súbitamente.
Desde el pueblo de Tabor el Bebé siguió a pie, subiéndose a los camiones que pasaban con forraje o leche y verduras. En aquellos tiempos, el mundo estaba vacío y el tráfico era lento y las distancias grandes, y esa extensión de carretera, que ahora cubro con el Behemoth en veinte minutos, le llevó medio día al Bebé. En Afula dos chicos le invitaron a un vaso de refresco y hablaron de palomas con él, y después de separarse de ellos, cuando se dirigió a la estación de trenes, descubrió que le habían robado el dinero que su tío le había dado. Se quedó sentado casi una hora en el banco de la estación, con la cesta en el regazo y el corazón latiéndole deprisa, asustado. Finalmente, decidió subirse a un tren en dirección a Haifa sin pagar el billete.
Le atraparon al instante. El revisor del tren le pidió dos palomas a cambio de dejarle seguir el viaje. El Bebé suplicó, se negó y casi se echó a llorar. El revisor del tren le agarró del cuello y amenazó con arrojarle a las vías, en las inmensas y vacías extensiones del valle de Jezreel. Estaba aterrorizado. Un poco antes había visto una banda de buitres devorando la carcasa de una vaca, y ahora temía por sí mismo. En su corazón ya había planeado que les mandaría una paloma a Miriam y a su tío para que pudieran organizar una cuadrilla de rescate. Pero entonces, una mujer extraña y forastera, una holandesa alta y de cara delgada que estaba sentada cerca de él, pintando acuarelas de estorninos y jilgueros, se apiadó de él y le pagó su billete. Le habló en un idioma que él fingió no entender, le dijo que sabía lo que llevaba en la cesta y por qué estaba de viaje.
En Haifa, el Bebé fue a casa de unos parientes, que le enviaron a un viejo ingeniero inglés, amigo suyo, que se disponía a viajar de noche hasta Tel Aviv. El hombre se disculpó porque conducía muy lentamente, y le explicó que era porque de noche no veía tan bien, y le pidió al Bebé que hablara con él para ayudarle a quedarse despierto. El Bebé temía que el hombre le preguntara por las palomas, y de hecho el viejo ingeniero así lo hizo. No solo eso, sino que demostró cierto conocimiento en dos campos peligrosos: las palomas mensajeras y el lenguaje hebreo. El Bebé no podía volver a fingir que no entendía inglés, así que le dijo al viejo que vivía en Haifa y que tenía un palomar en la azotea y que quería «mandarlas a volar» a Tel Aviv. Tuvo cuidado de no emplear la palabra «enviar». "



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