El río salvaje (fragmento)Louis Bromfield

El río salvaje (fragmento)

"Sentada allí en la isla, mientras tía Tam cogía su diario y se disponía a escribir las cosas que Agnes había olvidado, la muchacha se ruborizó, medio avergonzada de los nuevos y alarmantes pensamientos que habían surgido últimamente en su cabeza. Quería verle. Quería volar milagrosamente por el espacio y llegar a su lado. Quería..., enrojeció más vivamente..., tocarle las manos, el áspero pelo rizado, el cuello. Quería ver su erguida espalda y contemplar el ligero balanceo con que andaba, y escuchar de nuevo su extraña voz, profunda y suave, que parecía envolverla prestándole calor. Un ligero estremecimiento corrió por su cuerpo, como si éste estuviese creciendo lo mismo que su sensibilidad. Después, lanzando una ligera ojeada a tía Tam para ver si había observado algo, pensó: “Vergüenza debía darme”, Una de las chicas del colegio-una chica mala— había contado a todas las demás lo que era el amor en brazos de un hombre. Algo misterioso ocurrió al poco tiempo; expulsaron a la chica del colegio, y sus padres se la llevaron a Europa, y la gente decía que la familia se había marchado de Boston para siempre, porque la chica era una “muchacha mala”. “Quizá —pensó-también lo soy yo”. Sin embargo, no sentía vergüenza. Lo que sentía era felicidad. Tenía ganas de cantar, bailar y correr a través de las sombras moteadas de sol de los robles; pero no podía hacerlo porque tía Tam pensaría que se había vuelto loca. Todo el día lo pasaron escondidos entre los árboles, y al anochecer, al vaciarse de color el Oeste y asomar la luna por entre los cipreses al opuesto lado de la laguna, César las ayudó a subir al bote y lo desatracó del juncal empujando con un remo. Unas veces remando, otras empujándolo con una pértiga, el negro condujo la tosca embarcación fuera de la laguna hasta un ramal del río. Se deslizaba silenciosamente sobre el agua negra, tan silenciosamente que podían oír el rebullir de los pájaros asustados y sorprendidos. Al cabo de un rato, la muchacha se quedó dormida con la cabeza apoyada en el plano pecho de la solterona. Durante largo tiempo, tía Tam permaneció despierta contemplando los movimientos del cuerpo del negro al empujar el bote. A la dorada luz de la naciente luna, había ritmo y música en sus movimientos, semejantes al ritmo y a la música que tía Tam había anhelado siempre y que le habían sido negados: la música de Mozart, que ella cantaba tan mal; la belleza de una mujer que despierta a la plenitud de la vida, y que para ella se había reducido á una casta admiración por el señor Emerson y el señor Alcott y a ciertos apuntes románticos y floridos que confiaba a su diario, para luego volverlo a su bolsa de malla. Ahora, el contacto de la cabeza de la muchacha en su pecho se hacía doloroso e insoportable, como si la muchacha fuera parte de ella misma. "


El Poder de la Palabra
epdlp.com