Un día volveré (fragmento)Juan Marsé

Un día volveré (fragmento)

"La muchacha se fue cerrando la puerta. Jan vio a la señora Klein alejarse un poco hacia la terraza, ensimismada en su aerosol y como en busca de aire. La terraza estaba iluminada por invisibles focos a ras del suelo y también el cuadro de césped en suave pendiente que se perdía más allá, hacia el frondoso parque de pinos y abetos sumido en la noche. Mientras esperaba, Jan paseó la mirada en torno. Repletas estanterías de libros llegaban hasta el techo y en medio de la pared frontal había una chimenea con repisa de mármol. Encima de la repisa colgaba un gran cuadro al óleo representando a una mujer joven de corta melena rubia, con falda blanca plisada y blusa camisera, sentada en un sillón de mimbres con dos rosas rojas en la mano y un libro abierto en el regazo. La estancia estaba escasamente iluminada por tres lámparas de pie con pantalla de flecos y pesaba en ella como un exceso consentido pero no deseado de muebles antiguos y sombríos, profundas butacas severamente tapizadas y viejas riñoneras de terciopelo granate que parecían desplazadas o encaradas a nada, como si nadie tuviera nunca que sentarse en ellas. Vio dos vitrinas isabelinas con tacitas, abanicos y otros objetos de marfil, y un espejo modernista orlado de flores y con una serpiente cuya cabeza en relieve, con una manzana en la boca, se miraba obsesivamente a sí misma. En un ángulo, una larga mesa escritorio con soportes de hierro forjado servía para exponer una colección de jarrones antiguos y nada parecía indicar que pudiera servir para otra cosa. Lo único que ofrecía cierto aspecto de inmediata utilidad era la vitrina llena de bebidas y la mesita oriental con vasos, un cubo de plata rebosante de hielo y un sifón.
La señora Klein vio encenderse una luz entre los árboles, al fondo del parque, y entonces se volvió. Llevaba una amplia falda verde manzana con bolsillo y una blusa de seda negra, sin mangas. Era una rubia de rasgos angulosos, alta, de cuarenta y tantos años, grandes ojos oscuros y boca gruesa y pálida. Su cuello y sus brazos conservaban la misma fría calidad de nácar que en el retrato sobre el hogar, pero el suave mentón había ganado en altivez y en torno a su nariz y a su boca entreabierta flotaba ese halo de ansiedad o de alarma de los asmáticos. En el pelo que le caía a un lado de la cara, sobre el pómulo izquierdo, un prendedor de oro y platino con tres pequeños rubíes y en forma de espiga sujetaba una onda rubia cuya misión era ocultar en lo posible la delgada cicatriz curva que se engarfiaba en la comisura de los labios. "



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