El hombre perro (fragmento)Yoram Kaniuk

El hombre perro (fragmento)

"Adán Stein va a morir en su nueva habitación, en Arad, en el desierto, bajo el sol, junto al mar Muerto, junto a las caravanas de los beduinos, en la casa sintética de madame Seizling. No hay esperanza en esta morada. De algún modo los muertos viven, agonizan y son alimentados con los mejores manjares. Qué fiesta tan conmovedora. «¡Papá! —grita, y la música se traga el grito—. Eres más viejo que yo, hijo mío… eres viejo».
La alfombra se traga el grito. Aquí todo está diseñado con una opacidad que se traga el dolor, lo minimiza, lo anula. Gross tiene unas ideas determinadas y no hay que juzgarlo por eso. Un fracaso no es una sentencia definitiva, pues en el fracaso hay mucho de grandeza. Sí, él lo sabe. ¿Acaso su padre, su abuelo, el padre de su abuelo y el abuelo de su abuelo no pertenecían a una extraña tribu llamada «Yid» en la lengua de los gentiles?
Con las pocas fuerzas que le quedan, antes de que se agoten como sangre derramada, como agua de un manantial seco, se arma de valor para decirse a sí mismo: «Ni siquiera en esta batalla perdida me dirigirán, seré mi dueño y señor, el doctor Nahum Sigmund Gross no volverá a darme de comer a cucharaditas».
Desde su sillón, el doctor Gross observa preocupado al paciente loco y se dice: «Dos veces aquí, cuatro en Yafo… Tres años. No le hemos sido de ninguna utilidad, y tiene razón, nosotros debíamos lograrlo, él no se ha comprometido a nada, es un impostor, es astuto conmigo, es astuto consigo mismo… con Gina. Llega, arregla la locomotora, destroza a Arthur, acaricia a Gina, se me encara, me lee como si fuera un libro abierto, y resulta que es el tipo que ha intentado estrangular a una anciana. Sí, eso es lo que debo recordar. No un genio sino un estrangulador, un asesino, un enfermo mental, un desgraciado, un impostor… Ha adquirido una sepultura en su corazón y avanza hacia allí con paso firme. Un muerto que finge estar aún vivo y yo tengo que meter una cuña en el carro que lo conduce a la tumba, ¿pero cómo? No hay solución. Hay que escribirlo en un libro, en un diario, en los cuadernos escolares, en los libros, en una carta a Sigmund: no hay solución. Hemos fracasado. Dentro de cien años sabremos lo que hay que hacer con Adán Stein, con sus semejantes. Ahora no queda más remedio que reconocer el fracaso. "



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