Relato soñado (fragmento)Arthur Schnitzler

Relato soñado (fragmento)

"El coche seguía subiendo por la colina, y hacía tiempo que, si las cosas hubieran sido normales, habría tenido que volver a la calle principal. ¿Qué se proponían hacer con él? ¿Adónde lo llevaba el carruaje? ¿Iba a tener aquella comedia aún continuación? ¿Y de qué tipo sería? ¿Una explicación quizá? ¿Un alegre reencuentro en otro lugar? ¿Una recompensa por haber superado brillantemente la prueba, su aceptación en la sociedad secreta? ¿La posesión sin estorbos de la espléndida monja…? Las ventanillas del coche estaban cerradas y Fridolin trató de mirar afuera…; eran opacas. Quiso abrir la ventanilla, a derecha, a izquierda, era imposible; e igualmente opaca, igualmente hermética era la pared de cristal que había entre él y el pescante. Golpeó en el vidrio, llamó, gritó, pero el carruaje siguió adelante. Quiso abrir la puerta del coche, la derecha, la izquierda, no cedían ante ninguna presión, y sus gritos reiterados se perdieron en el traqueteo de las ruedas y el bramar del viento. El carruaje comenzó a dar sacudidas, descendía, cada vez más deprisa, y Fridolin, presa de inquietud, de miedo, estaba a punto de romper una de aquellas ventanillas ciegas cuando el coche se detuvo de pronto. Las dos portezuelas se abrieron simultáneamente, como movidas por un mecanismo y como si dieran a elegir a Fridolin, irónicamente, entre la derecha y la izquierda. Saltó del coche, las puertas se cerraron de golpe… y, sin que el cochero se preocupara lo más mínimo de Fridolin, el coche se alejó por el campo despejado, hacia la noche.
El cielo estaba nublado, las nubes corrían veloces, el viento silbaba, y Fridolin estaba en medio de la nieve, que difundía a su alrededor una claridad pálida. Estaba solo, con el abrigo abierto sobre su cogulla y el sombrero de peregrino en la cabeza, y no se sentía nada bien. A cierta distancia quedaba la ancha calle. Una procesión de farolas que parpadeaban mortecinas indicaba la dirección de la ciudad. Fridolin, sin embargo, anduvo en línea recta, cortando camino, descendiendo por la campiña nevada y en ligero declive, para encontrarse lo antes posible en zona habitada. Con los pies empapados llegó a una callejuela estrecha y apenas iluminada, avanzando al principio entre altas empalizadas que crujían en la tormenta; doblando la primera esquina llegó a una calle algo más ancha, en la que alternaban escasos edificios y solares vacíos. En el reloj de una torre dieron las tres de la madrugada. "



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