Viva la República! (fragmento)Vicente Blasco Ibáñez

Viva la República! (fragmento)

"En el verano de 1791, no vieron los parisienses amanecer un domingo tan hermoso y sereno.
El sol, apareciendo tras el cinturón de colinas que rodea a la gran ciudad, se remontó por un cielo de intenso azul, desprendiéndose de su envoltura de nubecillas rojas, y dorando el inmenso mar de tejados, sobre cuyo oleaje de pizarras, se erguían gigantescas cúpulas, robustas torres y aéreas flechas de piedra, que como un silbido, hendían el espacio.
Aquella mañana era de las que inspiran alegría, de las que hacen asomar a las ventanas millares de rostros satisfechos, que contemplando el sereno espacio, murmuran con fruición: «Hoy hace buen tiempo. Vámonos al campo.»
Pero el bullicioso vecindario de los arrabales y de los barrios laboriosos, la gente que todos los domingos se esparcía por las praderas inmediatas a París, llenando los fonduchos y ventorros, no pasaba en este día las barreras permaneciendo dentro de la gran ciudad, agitándose en las principales calles, donde abundaban los corrillos, y formando un gigantesco cordón, como un hormiguero humano, que iba y venía desde el Palais-Royal al Campo de Marte.
Guzmán estaba desde las ocho de la mañana confundido entre aquella multitud, que como siempre ocurre al principio de una agitación popular, se movía sin saber por qué, intranquila y nerviosa, esparciéndose en ella continuas e infundadas alarmas.
El español había entrado en varios clubs sin encontrar a ninguno de los principales personajes revolucionarios.
El pueblo estaba en completa libertad. Los que en otras ocasiones le encauzaban y le dirigían, habían desaparecido, y únicamente se mostraban bullendo entre los grupos, personajes de última fila que por el tiempo habían de adquirir bastante celebridad en el período álgido de la revolución; tales como el estudiante de medicina Chaumette, futuro síndico del común; Henriot, que había de ser el terrible general de las tropas convencionales; Heber, el cínico redactor de El Padre Duchesne, y sobre todos estos el matrimonio Robert, que eran los verdaderos directores de aquella jornada audaz, que había asustado a los hombres más principales del partido revolucionario.
Guzmán, en la expectativa de que llegasen a cumplirse las profecías de Desmoulins y la manifestación terminase con una hecatombe, había cogido sus pistolas, que llevaba en los bolsillos de su casaca.
La idea de que al ocurrir algo sangriento en el Campo de Marte se encontraría en peligro la dulce Luisa, daba al joven gran fiereza y hacía que se prometiera interiormente el matar a cuantos causasen la menor inquietud a la mujer amada. "



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