Enterrado en vida (fragmento)Arnold Bennett

Enterrado en vida (fragmento)

"Esta exclamación se le escapó a Alice cuando, al entrar en el desván, vio el envés del cuadro que Priam había colocado efectivamente en la silla del cuarto de baño: la había subido allí el día anterior. Alice se dirigió después hacia la ventana y desde allí pudo ver perfectamente el cuadro. Brillaba resplandeciente con la luz matutina. Era magnífica. Podía colocarse perfectamente junto a otras obras del mismo autor que se encontraban dispersas por todos los museos de Europa. Tenía aquella calidad de valor incalculable, al mismo tiempo noble y sugerente, que distinguía toda la obra de Priam. Aquel cuadro transformaba el desván; y miles de aficionados y de estudiantes, desde San Petersburgo a San Francisco, habrían acudido a aquella buhardilla con el fin de contemplar aquella maravilla, y se habrían quitado el sombrero devotamente con un escalofrío recorriéndoles la espalda, si hubieran sabido que estaba en aquella buhardilla y se les hubiera permitido la entrada. Priam estaba satisfecho; estaba encantado; estaba entusiasmado. Permanecía en pie junto al cuadro, mirando alternativamente a su obra y a Alice, nervioso, como una madre cuando su cuñada viene a ver al niño recién nacido. Alice, por su parte, no decía nada. Lo primero que tenía que asumir era que su marido no había sido lo suficientemente sincero con ella, puesto que la había tenido en la más completa ignorancia respecto a aquellas actividades secretas. Luego tuvo que centrarse en el cuadro que tenía delante.
[...]
Las lágrimas anegaron los ojos de Alice. Se dio cuenta de que su marido estaba mucho más loco de lo que había imaginado... ¡con aquello de las ochocientas y las mil quinientas libras esterlinas por mamarrachos pintados que no significaban nada! Porque, vaya, se podían comprar verdaderos cuadros, profesionales, con lagos y montañas, perfectamente rematados, en las tiendas de los vendedores de marcos de High Street, ¡y a tres libras cada uno...! ¡Y ahí estaba su marido, delirando y hablando de cientos y de miles de libras! Alice se percató de que aquella extraordinaria alucinación que le había llevado a imaginarse como pintor era una consecuencia natural de la patética manía de la cual había dado muestras la víspera. Y se preguntó qué vendría después. ¿Quién podría haber sospechado que en aquel hombre latían las semillas de la locura? Sí, claro, era un loco inofensivo, ¡pero loco al fin y al cabo! Recordó entonces perfectamente la leve conmoción que le causó saber que estaba viviendo en el Grand Babylon, como si fuera millonario. En aquel momento pensó que era una extravagancia, pero no lo consideró un indicio de locura. Y, sin embargo, efectivamente había sido un indicio de su locura. Y lo peor de aquella locura inofensiva era que en cualquier momento podía convertirse en una locura muy dañina. "



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