El origen del mundo (fragmento)Pierre Michon

El origen del mundo (fragmento)

"Llegó noviembre y no dejaba de llover. El Beune iba crecido, sumergía los caminos de pescadores. Pasaron unas grullas, muy bajas, y allí estábamos todos, en el patio del colegio, con las caras chorreando y echadas hacia atrás, mirando aquella uve grande que chillaba sobre el fondo de un blanco denso de las nubes y rastrillaba el cielo despacio como una red sacada del Beune; un labriego mató a una, rezagada y cansada, que se posó cerca del agua, y la vi por la noche, en la hostería de Hélène, encima de la barra entre los vasos grandes con espuma. No se le veía la herida; el cuello blanco colgaba hacia fuera, alargaba el pico como cuando volaba estirando el cuello. Unos hombres con chubasqueros de hule chorreando le hundían los dedos en las plumas y sobaban la grulla muerta. No la disecaron, a la gente ya no le gustan esas cosas.
Pasaban grullas y mis alumnos aprendían a conjugar. Por esos mismos días, subí una mañana a mi Gólgota pequeño deseando que Yvonne llevase un vestido que le había visto la víspera y, en el pelo, esas dos peinetas grandes que yo prefería y le dejaban al aire las mejillas, de forma tal que se brindaba más el leve abotagamiento con que la barbilla se curvaba hacia el cuello. Había gente en el estanco, hombres con el traje de los domingos que habían venido de las aldeas para reponer los paquetes de picadura y comadres del pueblo que espigaban después de misa con qué alimentar la maledicencia, con qué sobrevivir. Tras todos esos hombros envarados, enfundados en trajes o en vestidos de felpa, Yvonne despachaba, bienhumorada y dadivosa como solía. Llevaba las peinetas, llevaba el vestido; su cara, mayor que nunca, me desposeía, me transportaba al colmo de la felicidad. Llegó un hombre que pasó, tan desahogado, por delante de toda aquella gente y, apoyándose en el mostrador, se inclinó apenas hacia Yvonne; le dijo unas pocas palabras que yo estaba demasiado alejado para poder oír; me pareció, por lo demás, que hablaba a media voz. Yo le veía, más abajo de la nuca despejada, el terno, cuyo corte no era demasiado bueno, pero que le sentaba bien en los hombros un poco caídos, y, a ambos lados del cuerpo, unas manos bastante delicadas, apoyadas en el expositor grande de plástico donde estaban los mecheros. Yvonne lo miraba. En un instante, en un abrir y cerrar de ojos, a ella, tan bienhumorada hacía un rato, tan altanera y tan expansiva, le había cambiado la cara. ¿Cambiado? No es que se retrajese, que dejara de dar; daba algo muy diferente. Igual que Jean-Gabriel, quizá, al ver la Mano inefable tras la otra mano que tendía el arco, bendiciendo a las dos, trémulo; pero yo estaba a cien leguas de acordarme de Jean-Gabriel. Yvonne se había ruborizado; la barbilla, más blanca, no sabía si seguir sonriendo. Y seguía; pero había en sus ojos esa llamada, ese sueño, ese rechazo que tienen las mujeres de la sombra y las que están en misa, un servilismo delicioso y un vano estremecimiento de rebeldía más delicioso aún. Yvonne se inmutaba, cedía, daba a la vez la rebeldía y la derrota, las dos se afilaban sin que ninguna se impusiera. Ocurrió todo en un momento, el susurro inaudible del hombre, las manos apoyadas en la vitrina de los mecheros, la mirada titubeante de Yvonne y aquel pathos abrasador en sus mejillas, el relámpago de animal que se inmuta, sujeto. "



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