Hijas y esposas (fragmento)Elizabeth Gaskell

Hijas y esposas (fragmento)

"Mi hermana se puso de pie de un salto, y empezó a excusarse por estar dormida; las palabras se le atropellaban, y yo me fui a buscar mi mejor escarcela, pues mi hermana bien podía decir que había perdido la chaveta por ponerme a charlar con la hija de un conde tocada con una vieja redecilla de seda negra. ¡Y encima de seda negra! Bueno, de haber sabido que iba a venir, me habría puesto la nueva, la de seda marrón, que estaba en el cajón de mi cómoda. Y, cuando volví, mi hermana estaba pidiendo el té para milady... para nosotras, en fin. Y me puse a hablar con ella, y mi hermana fue a ponerse su vestido de seda de los domingos. Pero creo que cuando más a gusto estuvimos con milady fue cuando yo estiraba el encaje de mi abuela, tocada con mi redecilla. Y nuestro té la impresionó favorablemente, y nos preguntó que dónde lo comprábamos, pues nunca lo había probado antes, y yo le dije que sólo nos costaba tres chelines y cuatro peniques la libra en Johnson's. Mi hermana dice que le tenía que haber dicho el precio del que tomamos normalmente, que va a cinco chelines la libra, sólo que no era ése el que estábamos tomando en ese momento, pues la mala suerte hizo que se hubiera acabado, y milady dijo que nos enviaría un poco del suyo, que traían de Rusia o de Prusia, o de algún otro lugar remoto, y que lo comparáramos y viéramos cuál nos gustaba más, y que si nos gustaba más el suyo nos lo podía conseguir a tres chelines la libra. Y nos dio recuerdos para ti, y dijo que, aunque iba a estar fuera una temporada, te acordaras de ella. Mi hermana pensó que te entristecería saberlo, y que no quería cargar con la responsabilidad de decírtelo. «Pero —dije yo— un recado es un recado, y si se entristece o no es cosa de Molly. Seamos un ejemplo de humildad, hermana, por mucho que hayamos gozado de tan ilustre compañía.» Así que mi hermana dijo que hiciera lo que quisiera, que tenía dolor de cabeza, y se fue a la cama. Y ahora dime, qué tienes que contarme.
Así que Molly le contó cómo había pasado el día, lo que, a pesar de que en otro momento podría haber interesado a la señorita Phoebe, siempre dispuesta a escuchar cualquier chisme, se vio bastante empalidecido por la luz más intensa que emanaba de la visita de la hija de un conde.
EL martes por la tarde Molly volvió a casa, a una casa que ahora casi le era extraña. Recién pintada, recién empapelada, colores nuevos; ceñudas sirvientas vestidas con sus mejores galas que ponían objeciones a todos los cambios, empezando por la boda de su señor y terminando por el linóleo del vestíbulo, «que les hacía tropezar y nos les gustaba nada, y les daba frío en los pies y olía de manera atroz». Todas estas quejas tuvo que escuchar Molly, y no era un alegre preámbulo para el recibimiento que, en su opinión, tenía que ser magnífico.
Por fin se oyeron las ruedas del carruaje, y Molly fue a la puerta principal a recibirles. Su padre salió primero, y le cogió la mano y la retuvo mientras ayudaba a apearse a su mujer. A continuación besó a Molly cariñosamente, y se la pasó a su esposa; pero ésta llevaba el velo tan bien sujeto (como era pertinente) que transcurrieron unos minutos antes de que la señora Gibson tuviera los labios libres para saludar a su nueva hija. Luego hubo que encargarse del equipaje, lo que tuvo ocupados a los recién llegados, mientras Molly, a su lado, temblaba de excitación, incapaz de ayudar y consciente de las miradas atravesadas de Betty a medida que un montón de pesados arcones iban ocupando el pasillo. "



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