Divago mientras vago (fragmento)James Langston Hughes

Divago mientras vago (fragmento)

"Nuestro hotel estaba ocupado sobre todo por familias numerosas de cubanos de provincias. En sus balcones interiores, que daban a un patio abierto, resonaba con fuerza el punzante parloteo de las corpulentas madres y sus vivaces niños. El restaurante, situado en el primer piso, con toda una pared abierta a la calle, era ruidoso como sólo puede serlo un restaurante cubano, ya que, a todos los sonidos procedentes de la calle, se sumaban los gritos de los camareros y las risas de los clientes, el repiqueteo de los cuchillos y tenedores y el tintineo de las copas en la barra.
Me gustó ese hotel porque, como nunca iban turistas, los precios eran bastante bajos, acordes con el nivel adquisitivo de los cubanos. Ninguna de las habitaciones tenía ventanas, pero tenían unas enormes puertas dobles que se abrían a los balcones, cubiertos de azulejos, que daban al patio. Nadie se preocupaba por darles una llave a los clientes. La dirección simplemente daba por hecho que todos los clientes eran honrados.
Al día siguiente, fui a buscar a José Antonio Fernández de Castro, para el que, en un viaje anterior a Cuba, Miguel Covarrubias me había dado una carta de presentación. José Antonio era una dinamo humana que en un momento podía poner en marcha un montón de cosas. Era amigo de muchos artistas y escritores americanos, a quienes llevaba a cenar y a beber. Pescaba con Hemingway y le encantaba ir a Marianao, que por aquel entonces era la zona de ocio no turística. Conocía a todos los taxistas de la ciudad -tenía cuentas con ellos- y era, en términos generales, el mejor contacto que uno podía tener en Cuba si es que nunca había estado allí antes.
José Antonio trabajaba como periodista en el Diario de la Marina. Más adelante sería uno de los editores de Orbe, el semanario ilustrado cubano. Después entró en el cuerpo diplomático para convertirse en el primer secretario de la embajada cubana en Ciudad de México, y posteriormente en Europa. Todos los pintores, escritores, periodistas, poetas, boxeadores, políticos y bailarines de rumba eran amigos de José. Y, lo que para mí era lo mejor, conocía a los músicos negros de Marianao, a los fabulosos percusionistas que tocan sus tambores con las manos, a los intérpretes de clave y maraca que de algún modo han conseguido preservar -tras siglos de esclavitud y a miles de kilómetros de Guinea- los ritmos y los pulsos africanos. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com