El coro de los maestros carniceros (fragmento)Louise Erdrich

El coro de los maestros carniceros (fragmento)

"Tal y como ella lo veía, no podía regresar a Alemania sola, sin haber sido capaz de encontrar esposo en esta nueva tierra de promisión donde la guerra no había reducido el número de hombres vivos. No podía volver con las manos vacías. Unos hijos sin madre servirían. En su condición de heroica protectora de los hijos de su hermano, podría integrarse en la vida social del pueblo como su tía, y no como una tía solterona sino como una tía con personas a su cargo. Tendría una posición social. Si no, ¿qué le quedaba?
A veces, en su pequeña y austera casa, en la sala de estar dominada por el barato escritorio de maestra, comprado de segunda mano además, su mente saltaba como una rata enjaulada. No podía continuar llevando las cuentas de esa manera, secándose cada día un poco más, volviéndose tan quebradiza como las páginas donde escribía y tan tiesa como los números que sumaba o restaba. Y, sin embargo, la verdad sea dicha, ¿qué había de atractivo e importante en tener marido? Todas sus amigas estaban casadas y no hacían más que quejarse de los comentarios soeces de los hombres, de sus costumbres vulgares o de sus ausencias, o alardeaban del tipo de comida o de las cantidades que eran capaces de ingerir. Tante no encontraba ninguna verdadera utilidad a tener marido, a no ser que fuese rico. Y, sin un esposo rico, sólo le quedaba hacer el balance de los libros de contabilidad de tres precarios negocios —la ferretería Krohn, el café Olson y la carnicería—, que a duras penas podían pagarle la miseria que cobraba. Llegó a la conclusión, por tanto, de que la única forma de abandonar su triste habitación era buscarse un marido pudiente, o deshacerse de Delphine y alejar de algún modo a Emil y Erich de su padre mientras fueran todavía lo bastante jóvenes como para encandilar a los demás y no tan mayores como para crearle problemas a ella.
Por supuesto, había otro modo. Podía ganar dinero por sí misma. Pensó en ello. Ganar dinero. No se le ocurría ninguna idea. Siguió dándole vueltas y concluyó que era su única esperanza. El deseo de ganar dinero comenzó a girar en su cabeza con una virulencia frenética. Soñó con dólares, soñó con océanos, soñó con bajar de un transatlántico en Alemania vestida con un abrigo de piel. Por la noche, el dinero bailaba detrás de unos barrotes de hierro, fuera de su alcance. Una tarde, mientras comía una pálida rebanada de pan con una salchicha de ternera blanca, le vino a la cabeza una idea que le pareció tan descabellada y estrafalaria que la descartó de inmediato. Pero volvió. Y Tante acabó siendo incapaz de pensar en otra cosa.
Cuando se levantó a la mañana siguiente, Tante había tomado la decisión de vender la última joya que le quedaba de su familia, un camafeo que le había legado su abuela: un amplio y espectacular perfil esculpido de una mujer a la vez recatada y sensual. La talla era de exquisita factura y el rostro, sensible y, sin embargo, algo arisco. El pelo de color crema se fundía con el rosa de la concha. Tante había admirado el camafeo cuando era niña y, al sacarlo de su escondrijo, una diminuta grieta en la pared detrás del tocador, recordó cómo lo había acariciado suavemente, prendido en el encaje que rodeaba el cuello de su abuela, en una tarde soleada durante una merienda campestre. Tiempos ya remotos. Representaba para ella seguridad y bienestar, todo lo irreprochable y sólido en su vida en Alemania antes de la guerra. Lo llevaba a menudo, demasiado a menudo, para recordarlo. Renunciar a él no era baladí. Pero estaba decidida. Guardó el camafeo en un calcetín y metió éste en el bolso. Lo vendería, y con el dinero se compraría un vestido elegante. Con ese traje, acudiría al banco y no se marcharía de allí hasta conseguir un empleo que al fin la hiciese rica, puesto que de algún modo se encontraba cerca de una gran cantidad de billetes —todo el dinero del pueblo. "



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