El peso de las sombras (fragmento)Ángeles Caso

El peso de las sombras (fragmento)

"Comenzaron juntas las visitas, los paseos por el Bois de Boulogne, los recorridos por las casas de las modistas y los sombrereros, las salidas nocturnas, reglamentadas con disciplina casi militar: los lunes Opéra, los martes Comédie, los sábados Opéra Comique, y entremedias fiestas y cotillones… Mariana se dejaba llevar por su amiga, igual que se había dejado llevar por su padre. Pero los días empezaron a parecerle ahora más luminosos, más breves incluso. Poco a poco, aprendió a saludar sin que le temblase la mano, y a caminar olvidándose de la insoportable sensación de ser observada, aquella angustia que la empujaba contra las paredes, que la hacía sentirse enferma mientras cruzaba sola un salón, «algunos pasos más y llegaré, no te desboques ahora, corazón, aguanta», y le entraba un sudor frío, y corría a refugiarse en una esquina, protegida por los muros, resguardada de las miradas que imaginaba sarcásticas y burlonas… Ahora, junto a Felicia, se acostumbró a esbozar sonrisas con cierta gracia, a moverse con soltura entre aquellos a los que ya reconocía por sus nombres, e incluso a saber qué personajes se escondían bajo ciertos motes que a veces se utilizaban en las conversaciones: «La Napoleona —decían, y ella sabía que se referían a una famosa marquesa, fea y autoritaria como un general— ayer se superó a sí misma… Al pobre Morisot, un muchacho recién llegado de provincias que quiere ser escritor, se le ocurrió abrir la boca durante la cena, sin que ella le hubiese dado el turno de palabra. ¡Se puso como una fiera, y si no llega a ser por su marido, lo hubiera echado de la casa…! El joven estaba pálido como un muerto, y a duras penas lograba balbucear: “Si yo sólo quería pedir más patatas…”» Las risas estallaban, jubilosas, y Mariana sentía una alegría profunda, el inesperado y consolador sosiego de saberse parte de un mundo en el que muchas gentes reían a la vez, entendidas y despreocupadas. "


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