El perro del peregrino (fragmento)Liliana Bodoc

El perro del peregrino (fragmento)

"Eliseba era el nombre de la muchacha que lloraba, sentada a orilla del lago, con la cabeza entre las rodillas.
Un damasco maduro no era mejor que ella, un amanecer no la opacaba, ni el sonido de la cítara emocionaba tanto como sus ojos.
Pero Eliseba lloraba a orillas del Tiberíades las amargas lágrimas del amor.
Al fin alzó la cabeza, y no porque su dolor se acabara sino porque era mejor hija que cualquier otra cosa y debía regresar antes de que su padre se preocupara.
Lo hizo y vio ante sí una mano rebosante de frutas secas.
La mano era el vértice de un triángulo que se continuaba en el rostro sonriente de un hombre y se ensanchaba, hacia el final, en un cielo desgajado.
[...]
Entonces, el extranjero comenzó un lento soliloquio lleno de aromas.
—Aspira el olor de este aire cálido, llévalo hasta tu estómago y déjalo allí, retozando... Siente cómo baila en tu sangre. He visto al pescador echando sus redes, y sus brazos parecían llamarte. ¿Ves este atardecer, Eliseba? Pues igual atardecerá tu cuerpo sin haber conocido la luz del sol. ¿Puede alguien arrojarte a la sed sin que hayas probado nunca el vino fresco? Ninguna vejez puede sacrificar a la juventud. Tu padre ya gozó de los dones del amor a su tiempo. Tú, en cambio, te agriarás. Se te quitará el color y pensarás cada noche en el pescador que sale en su barca mientras tú te enfrías en el lecho, junto a un esposo opaco. Los brazos del pescador pedían por ti y tus ojos se iluminan cuando lo nombro. ¡Obedece a tu padre, puesto que es tu deber! Obedece, pero por una sola vez reposa en el cuerpo de tu amado y, ese solo instante, te servirá de alivio en los años venideros.
Eliseba escuchaba con atención, y hallaba mucha verdad en lo que el extranjero le decía.
—Más aun —continuó el amo del perro aventeador—, sé que piensas en él cuando te bañas en el río. Y más pensarás cuando lo hayas perdido y más aborrecerás al buen hombre que te darán como esposo. Su sola presencia te molestará, te irritará el ruido que haga al comer y te asqueará su olor en las sábanas. Y dime, ¿no es eso un pecado? En cambio, si te permites ceder una vez, tendrás dos cosas a tu favor. Una será la dicha de haber gozado del verdadero amor al menos una vez. Y la segunda —el extranjero se tomó un instante—, la segunda será la culpa. Porque la culpa, Eliseba, suavizará tu aversión por el hombre que te desposará. ¿Sabes, niña? Cuando los hombres y las mujeres obran mal contra quien no lo merece, luego se apiadan, se apaciguan, porque la culpa por lo que hicieron anula la rabia. De esa manera, tú, el pescador, y tu buen esposo serán más felices.
El canto escandaloso de los gallos interrumpió el soliloquio del extranjero que, como si de pronto tuviera mucha prisa, llamó a su perro y se marchó. "



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