Cuento de viejas (fragmento)Arnold Bennett

Cuento de viejas (fragmento)

"La placidez de la existencia se había visto gratamente perturbada (sí, gratamente, a pesar del horror del ataque contra el codo del señor Scales) por una aventura. Además, resultó que el señor Scales iba de etiqueta. Y nadie había ido de etiqueta antes en aquella casa.
A Sofía le subió toda la sangre a la cara y allí se quedó, acentuando la vitalidad de su belleza. Se sentía mareada, presa de una extraña y desconcertante embriaguez. Le parecía hallarse en un mundo de irrealidades y cosas increíbles. Sus oídos percibían con claridad y los perfiles de personas y cosas tenían un colorido centelleante. Se hallaba en un estado de felicidad extática, irrazonable, inexplicable. Toda su desdicha, sus dudas, su desesperación, su rencor, su descortesía, habían desaparecido. Era tan suave y afable como Constanza. Sus ojos eran los de un cervatillo y sus gestos eran deliciosos con su gracia modesta y sensible. Constanza estaba en el sofá y ella, después de mirar a su alrededor como en busca de cobijo, se sentó al lado de su hermana. Trataba de no mirar al señor Scales, pero sus ojos no se apartaban de él. Estaba convencida de que era el hombre más perfecto del mundo. Más bien bajo quizá, pero perfecto. Que pudiera existir tal perfección era algo que casi no podía creer. Superaba todos sus sueños del hombre ideal. Su sonrisa, su voz, sus manos, su cabello..., ¡nunca hubo nada parecido! Pues cuando hablaba... ¡era música! Cuando sonreía... ¡era el cielo! Su sonrisa era para Sofía uno de esos fenómenos naturales tan encantadores que hacen sentir deseos de llorar. No hay hipérbole alguna en esta descripción de los sentimientos de Sofía; antes bien se queda corta. Estaba totalmente obsesionada con las cualidades únicas del señor Scales. Nada podría haberla convencido de que existiera ni pudiera existir entre los hombres un igual del señor Scales. Y era esta profunda e intensa convicción de su absoluta superioridad lo que le confería, allí sentado en la mecedora, en la sala de su madre, aquel aire irreal e increíble. "



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