Dafne desvanecida (fragmento)José Carlos Somoza

Dafne desvanecida (fragmento)

"Sencillamente. Yo no sabía muy bien cómo to­marme aquella orden. Si ella hubiera sonreído me habría echado a reír, pero no veía ninguna semiluna blanca partiendo sus borrosos rasgos. Musa estaba seria. La orden era seria. Yo estaba serio. Procedió a explicarme, entre jadeos inter­mitentes, que la experiencia con su padre la había traumatizado, y que eso era lo que más la excita­ba, su fantasía predilecta: descubrir a un extraño en casa que saltara sobre ella, rasgara su ropa y la poseyera a la fuerza. ¿Te gustaría? Lo pensé un momento. No mucho, sólo un momento. Podría­mos intentarlo, le dije, pero antes, ¿dónde está el servicio, por favor?
Me acompañó con aires de azafata por un pa­sillo de parqué morado y paredes verde quirófa­no, encendiendo incontables luces a nuestro paso. Estatuas como ladrones o rameras aguardaban en las esquinas, espejos ocultos ejercitaban la paranoia, líneas de colores rayaban el suelo. Escogi­mos tres bifurcaciones hasta llegar a nuestro des­tino. Musa pulsó los interruptores de un baño largo y cegador como un camerino y me abando­nó allí.
La taza era plateada, ultramoderna. Muchas naves espaciales, pensé, no se avergonzarían de poseer aquel diseño. Tenía labrados en su interior, como un tatuaje, un globo terráqueo y una leyen­da en letras de oro: «Ensuciamos nuestro planeta todos los días». Mientras orinaba, trataba de or­denar mis pensamientos. Pero ambas cosas me costaban cierto esfuerzo, me refiero a orinar y pensar: la erección disparaba el líquido hacia zo­nas equívocas, y había de ingeniármelas para encorvarme artísticamente y apuntar al hueco del retrete, justo en el centro de la Tierra. Por otra parte, la mayoría de mis ideas tampoco daba en la diana. Todo había sucedido demasiado rápido: Musa había pasado a ser ELLA, y ahora ELLA aguardaba en el comedor a ser violada mientras ÉL vaciaba su vejiga entre contorsiones sobre una reproducción en plata de nuestro mundo. No era así como yo había imaginado mi primer encuen­tro con la mujer del párrafo, claro. Pero concluí que la vida no era una de mis novelas, y no tenía por qué amoldarse a los límites de mi imaginación. "



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