El dueño del secreto (fragmento)Antonio Muñoz Molina

El dueño del secreto (fragmento)

"De vez en cuando, mientras comía tarta o intentaba hacer que ardiera el puro, yo miraba a Ataúlfo de soslayo, y él estaba observándome a mí, o bien un poco ausente, sin agregarse ya a las efusiones de los otros ni hacer caso a las bromas sobre su ideología, un poco sudoroso, con el mechón caído sobre la frente, con las piernas separadas en una esquina de la mesa y sosteniendo su largo vaso de whisky y su cigarrillo rubio, siempre en la misma mano, la izquierda. Es así como lo he recordado todos estos años, en la actitud inmutable que tenía entonces, y que no cambió ni al final de su vida, cuando le prohibieron el tabaco y el alcohol sin que él hiciera ningún caso, intuyendo tal vez que de un modo u otro la ruina de su salud no tenía remedio.
El cigarrillo americano de contrabando entre el índice y el corazón, la copa sostenida por el anular y el meñique y sujeta por el pulgar, y la mano derecha libre para las gesticulaciones, las palmadas, los puñetazos dialécticos sobre las barras de los bares, el gesto rápido de firmar un cheque, el de llamar a un taxi o el de sacar un billete de mil pesetas del bolsillo del pantalón, pues no llevaba cartera ni monedero.
Un rato antes me caía de hambre: ahora, cuando todos nos pusimos en pie, me caía de hartazgo y de sueño. El gordo se despidió de mí sacudiéndome enérgicamente la mano, diciéndome algo sobre las luchas y las esperanzas de la juventud, que eran, según él, la parte más bonita de la vida. El clérigo, aunque con la cara roja, adoptó conmigo una frialdad de jerarquía eclesiástica, mirándome como muy desde el interior de sus ojos. En cuanto a la mujer, cuyo escote emergía ahora, aún más opulento y más blanco, de un abrigo de pieles, me pellizcó la cara, volvió a decir que yo era un niño y me besó en los labios, dejándome en ellos un rastro cremoso de carmín y el rápido escalofrío de la lengua. Un camarero vino a decir que el coche de los señores estaba esperando abajo. Antes de irse, cuando ya se oían por el corredor los pasos de los otros, la mujer se volvió hacia Ataúlfo y le dijo algo que yo no llegué a escuchar, aunque advertí que le apretaba fugazmente una mano. Ataúlfo se quedó un instante parado junto a la puerta de vaivén, pero enseguida salió de su ensimismamiento y le pidió un whisky a uno de los camareros que recogían la mesa. "



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