Aire libre (fragmento)Sinclair Lewis

Aire libre (fragmento)

"Le molestaba discutir con su padre, y además no quería resultar demasiado embarazosa para Milt. Lo vería en Livingstone; allí le contaría lo bien que le había ido en el camino. Las bujías se estaban portando entonces mucho mejor, de manera que el motor tenía más potencia. Pero...
Entre el Park y la ruta transcontinental había muchas cuestas, cortas, pero muy empinadas. La carretera parecía una montaña rusa. Pretender seguirla con un motor que fallaba equivalía a hacer una carga a pie contra varias ametralladoras. Clara dilapidó su energía nerviosa, tanto que después de cada intento tenía que descansar y darse un masaje en la nuca, donde la acometía un dolor repentino. Estaba tan cansada que no se preocupó de hacer descansar los frenos cambiando a segunda en los descensos. Los usaba hasta que echaban humo, mientras el río y el ferrocarril de abajo parecían elevarse hacia ella.
Hubo una bajada larga. No pudo adivinar dónde concluía, porque el final estaba oculto por una curva. El descenso parecía interminable. Los frenos chirriaban. Trató de cambiar a primera, pero se produjo un ruido desagradable y ya no pudo poner la primera ni volver de nuevo a directa. Corría en punto muerto, mientras trataba de aminorar la velocidad apretando a fondo el pedal del freno. Esto surtió efecto, porque el coche se detuvo, pero empezó a descender de nuevo. La cinta de Saddle Black se había quemado.
Clara tuvo la impresión de que perdía la dirección del coche, que parecía dispuesto a salirse por una cuneta en cualquier momento. Pensó saltar, pero haciendo un gran esfuerzo se contuvo. Forzó la cinta que quedaba al máximo de presión. Con una mano mantenía la dirección en el centro de la carretera, y con la otra trataba de tirar aún mas de la palanca del freno de seguridad. Pero no lo conseguía. Sus fuerzas no eran suficientes. Más ligero, cada vez más ligero, el coche se acercaba a la curva fatal...
[...]
La velocidad aminoró de nuevo. Clara pudo pasar a segunda. Pero ni aun eso impedía al coche marchar a sesenta kilómetros, lo cual, para quien desea bajar a menos de treinta, equivale en piso llano a una velocidad de ciento veinte, con un chófer borracho, en una noche de niebla y con mucho tránsito.
Clara mantuvo el coche sin desviarse y pudo llegar al llano. Allí, en medio de un vallecito quieto y solo, dejó caer la cabeza sobre las rodillas de su padre y se puso a gemir. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com