Otros placeres (fragmento)Jerzy Pilch

Otros placeres (fragmento)

"Recordará, maestro, mi primera iniciación práctica en los secretos de nuestro arte, lo recordará, puesto que usted lo recuerda todo. Me despertaron apenas entrada la noche, aunque a mí me parecía que debía de ser medianoche, como ahora. Me vistieron con ropa muy abrigada, cosa extraña dado que era agosto, me echaron sobre los hombros un viejo impermeable, aunque no estaba lloviendo, pensé que sería algún traje ritual, que igual que una novia debe llevar velo y vestido blanco, un veterinario que asiste al nacimiento de un animal debe ir abrigado y llevar impermeable. Sin embargo, usted no llevaba ni jersey ni impermeable, iba desnudo, quiero decir: sin nada bajo el delantal de goma gruesa como un neumático, que le llegaba hasta los tobillos, y le dejaba al descubierto el tórax y los hombros. Tumbado en el suelo, parecía usted un titán mitológico. Su brazo derecho estaba sumergido hasta la axila en las entrañas de Elizabeth. Podía pensarse que usted mismo acababa de salir del vientre vacuno y que, en la última fase de llegada a este mundo, el brazo se le hubiese quedado atrapado en algún meandro de la anatomía animal. A la parda luz de una bombilla desnuda, en el turbio ambiente de los excrementos de reses y del sudor humano, usted se sacudía, llamaba a Dios, blasfemaba de manera tan horrible que yo casi no entendía nada; me dio por pensar que nunca lograría liberar el brazo atrapado, que se quedaría unido para siempre a Elizabeth, que en un proceso digno de la mitología se transformaría en semi-hombre, semi-animal. Sentí entonces lástima de usted porque pensé que tendría que subordinar toda su vida a Elizabeth, que tendía que ir con ella al pasto, dormir en el establo, que allí sería donde recibiría a las visitas y las saludaría, disculpándose por la grosería, con la mano izquierda. Me daba mucha pena y estaba ya a punto de prorrumpir en un amargo llanto, cuando usted, maestro, con extrema facilidad liberó su brazo y junto a él, de las entrañas de Elizabeth emergió una forma torneada, húmeda y toda cubierta de pelaje. Pensé entonces que acto seguido, del interior de ese extraño ser, como de un enorme huevo, saltaría un torito veloz y animoso con cuernecillos de plata y casquillos dorados; me extrañó que a usted no le abandonase la furia; cuando vi en su mano un cuchillo largo y afilado como un sable, pensé que querría hacer un corte en la piel para ayudar al bebé a salir al mundo, pero usted, para mi horror, tomó un impulso horrendo y, con una maldición en los labios, partió en dos esa cosa que yacía a sus pies, y entonces vi un incomprensible enredo de venas, ligamentos y huesos enanos. Un ojo ciego se deslizaba por la anatomía amorfa. El hígado, el corazón y el estómago formaban un todo indivisible. Ni siquiera hubo mucha sangre. El conjunto emanaba vapor, como si exhalase su primer y, a la vez, último aliento.
Orna me cogió de la mano y me sacó afuera. Era una calurosa noche de agosto, miré hacia arriba porque pensé que vería algún satélite artificial volando por encima del tejado, pero allí sólo se extendía el blanco desierto de estrellas y planetas. Alguna forma redonda y cubierta de pelo húmedo crecía ahora en mi interior, se levantaba y subía despacio a mi garganta.
Kohoutek se calló. Se detuvieron un momento. Oyermah le pasó la petaca. Kohoutek bebió un buen trago y, como suele pasar tras una nueva porción de vodka, comenzó a hablar con voz aliviada, más calma. "



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