Hace cuarenta años (fragmento)Maria van Rysselberghe

Hace cuarenta años (fragmento)

"Mi amiga se levantó y tomó la partitura de Los maestros cantores de Núremberg que había visto sobre el piano. Al abrir el libreto por la página del himno de Hans Sachs, en el último acto, afirmó: «No se me ocurre nada más conmovedor que el momento en que Hans Sachs se quita la gorra y saluda al pueblo». Afinó y entonó el largo canto con voz penetrante. El súbito arranque de la melodía pareció alzar nuestros párpados, y desde la primera nota nos miramos fijamente. ¡Qué cegadora certeza, qué incendiaria llamada! Jamás había visto traslucir el alma a través de unos rasgos de manera semejante. Se levantó y me atrajo hacia sí, detrás de la cantante. Me zumbaban los oídos, sentía como si flotara sobre una lejana región inaccesible a las palabras. Sin embargo, debía recomponerme. Salí so pretexto de dar unas instrucciones, y cuando volví ambos se encontraban ya en la puerta: mi amiga debía marcharse. Tuvimos que acompañarla y esperar a que partiera su tren. En el momento en que éste se alejaba por fin, vimos cómo llegaba otro tren que iba en dirección opuesta. «Marchémonos nosotros también», dijo Hubert, «vayamos a comer a algún sitio, no quiero volver a la casa». Y así, desconcertados y exaltados por la fresquísima felicidad que nos embargaba, nos dejamos llevar por el tren.
¿Somos nosotros quienes ocupamos el decorado blanco y dorado del amplio comedor vacío que da al mar, un poco desorientados en esta fastuosidad glacial? El órgano ilustre ha enmudecido dentro de nosotros, pero nuestros movimientos están dotados de un cierto brío soberano. La embriaguez que nos domina no tiene donde aferrarse. La atmósfera del lugar le impacienta enseguida: «Volvamos a pie, por la costa».
La marea está baja; la playa, desierta. ¡Ay, hermosa extensión, con qué fuerza penetras en nuestros corazones! Necesitamos tu desnuda inmensidad para que nuestra alegría respire libre. Me ofrece su brazo, y me estrecha con tal fuerza contra él que nuestros pies chocan al caminar. Le tiemblan los dedos en la palma de mi mano: «Pequeño espacio, tierno y desnudo», dice mientras la besa como si toda su pasión se refugiara en ese único gesto.
Con la mano que tiene libre describe un amplio arabesco con el que parece acariciar la forma de las nubes, la línea sinuosa de las dunas y el nácar de las aguas. Pero este gran universo no es sino un acompañamiento; el canto lo llevamos dentro de nosotros, nace de ese fecundo acorde del que nunca nos saciamos, que nunca se apagará y que seguimos descubriendo.
La primera velada es triunfante: nos inunda la felicidad. Despierto del febril letargo en que me hallaba sumergida desde la víspera. Ignoraba que tuviera tantas cosas que decir. Las palabras que arrojamos al fuego, además de avivar la llama, comienzan a alumbrarnos. "



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