La experiencia moral (fragmento)Humberto Giannini

La experiencia moral (fragmento)

"Si miramos las cosas, ahora desde el otro lado de la contraposición: esa experiencia que aparecía tercamente irreductible al juicio distanciado de la ciencia, corresponde a un saber que no es simplemente uno más entre otros saberes posibles, sino ese saber preciso y único por el que el portador de la experiencia acredita su condición de sujeto inobjetable. De modo que, someter este saber a una decisión final del juicio docto, no representaría como en cualquier otro caso, un simple acto de humildad sino la renuncia a la condición de sujeto. Renuncia que tal experiencia intuye como degradante (mala). Y este es el punto clave. Que es lo que comprendió el Segismundo calderoniano y que lo hizo despertar de su sueño cavernario y solipsístico.
En definitiva: como aquel individuo indiferenciado que soy; en mi calidad de empleado, de padre de familia, de ciudadano, soy también ese ser que no puede delegar en ningún otro ser humano ni divino aquel saber cualitativo que configura mi experiencia moral: aquel saber por el que constantemente estoy evaluando mis acciones y las del prójimo.
Un saber que no puedo delegarlo. Sin embargo, se trata de un saber ganado en actos transitivos al interior de mi mundo. Y esto es lo que llamamos "experiencia moral". Ahora bien, es cierto que mi personal experiencia de vida siempre puede levantarse como una objeción -como una seria objeción- como una réplica, como una acusación o como una excusa a los imperativos y normas del proceso común público, eminentemente discursivo. Pero, el conflicto es, digámoslo así, horizontal: pertenece a la vida de un proceso cuyo rasgo esencial es éste: el de ser un saber que, llegado el momento, ningún individuo perteneciente al grupo, podría ignorar impunemente: un saber exigible.
Este rasgo constituye un privilegio respecto de cualquier otro tipo de conocimiento, por más elevado que sea; pero, en primer término, respecto de la ciencia ética, cuyo campo queda limitado por este privilegio y, además, fundado en él.
Nos encontramos, así, ante una situación curiosa, única y profundamente promisoria: si la ética aspira a ser un conocimiento territorialmente autónomo respecto de otros conocimientos colindantes, tales como la psicología, por ejemplo, o la sociología, estará forzada por esto mismo a reconocer en el acta de su fundación como ciencia, que aquella presunción de los "seres racionales" de contar con un saber último e intransferible respecto de ciertas cosas, es la condición sine qua non de su propia inmunidad territorial; que si las cosas fueran de otro modo como las experimentan y las saben los sujetos morales, entonces, caería su única condición de privilegio; sería en todo una ciencia de "objetos" sometidos a las leyes objetivas que va descubriendo y luego, controla y manipula el experto: el sujeto científico. "



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