El retrato (fragmento)James Oliver Curwood

El retrato (fragmento)

"Los cuatro días siguientes rompieron el último eslabón de la cadena que sujetaba a David Raine a la vida de que huía, cuando el misionero de los bosques lo encontró en el Transcontinental. Fueron cuatro días maravillosos, durante los cuales viajaron con rapidez hacia el Norte, días de espléndida luz solar, de frío intenso, de brillantes estrellas y de luna llena por la noche. Durante el primero de ellos, David recorrió quince millas con su calzado para la nieve y aquella noche durmió en un cobijo hecho con ramas de copayero, cerca de una gran roca que calentaron encendiendo una hoguera junto a ella, de manera que durante las horas de más frío, entre el crepúsculo y la aurora, la piedra conservó su calor ejerciendo de estufa. El segundo día señaló también un gran progreso en su educación para la vida que había de llevar en aquellas soledades. Dientes, pezuñas y garras pululaban por el bosque después de las ventiscas, y el Padre Rolando se detenía ante cada uno de los senderos que cruzaban la pista indicando a David las historias escritas en la nieve. Le mostraba el lugar por donde una zorra persiguiera en silencio un conejo de las nieves; donde una manada de lobos atravesó la nieve siguiendo la pista de un gamo que podía contarse entre los muertos, así como también los lugares llenos de bosque denso en que tanto los renos como los alces habían buscado refugio de la tormenta, y le explicaba con el mayor cuidado la ligera diferencia que existía entre las huellas de las pezuñas de los dos animales nombrados.
Aquella noche Bari llegó al campamento en que durmieron, y a la mañana siguiente encontraron el lugar en que el perro se hiciera una cama en la nieve, a menos de una docena de metros de donde ellos mismos estuvieron tendidos. En la tercera mañana David disparó contra un alce; por la noche consiguió que Bari llegase casi junto a su campamento y le arrojó trozos de carne cruda desde donde se sentó a fumar su pipa.
David estaba transformado. Tres días de camino por aquellos lugares y tres noches de acampar bajo las estrellas habían empezado a realizar un milagro en él. Su semblante se había oscurecido por el crecimiento de la barba; sus orejas y sus mejillas estaban enrojecidas por la exposición al frío y al viento; sentía que en aquellos tres días y otras tantas noches se habían endurecido sus músculos, abandonándole la debilidad que hasta entonces experimentara. El Padre Rolando le dijo una vez que tan sólo estaba enfermo de la mente y él lo creía ya. Empezó a encontrar placer en el ejercicio físico, a pesar de que al principio eso le llamó mucho la atención al Observarlo en Mukoki y en el misionero. Al mediodía, cuando se detenían para hacer el té y preparar su comida, y por las noches al acampar, se dedicaba siempre a derribar un árbol. El de esta noche era un pino de veinte centímetros de diámetro y de madera muy dura y llena de savia. El ejercicio hizo circular con fuerza su sangre en las venas. Al sentarse junto al fuego respiraba aún de un modo profundo y se dedicó a arrojar piltrafas de carne a Bari. Hallábase entonces a sesenta millas de la cabaña de Thoreau, situada hacia el Norte, y, por vigésima vez, el Padre Rolando le repetía cuán espléndidos eran los adelantos logrados en aquellos pocos días. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com