El legado de Humboldt (fragmento)Saul Bellow

El legado de Humboldt (fragmento)

"Como era de esperar, Kathleen me informaba de la muerte de su segundo marido, Frank Tigler, en un accidente de caza. Yo lo conocía bien, pues durante mis obligadas seis semanas de estancia en Nevada para optar al divorcio, fui un huésped de pago en el elegante rancho de Tigler. Se trataba de un lugar solitario y decadente, olvidado de Dios. Mis relaciones con Tigler fueron memorables. Me asistía el derecho de declarar que le había salvado la vida, pues, cuando cayó del bote, me lancé al agua para rescatarlo. ¿Rescatarlo? Este acontecimiento no parecía merecer semejante término. Pero Tigler era un vaquero que no sabía nadar, un lisiado cuando no estaba a caballo. En el suelo, con sus botas y su sombrero del Oeste, parecía tener las rodillas lesionadas, y cuando se tambaleó y cayó al agua —el rostro llamativamente bronceado de cejas rojizas y espesas, las piernas torcidas de caballista, me lancé inmediatamente detrás de él porque el agua no era su elemento. Era un hombre de tierra firme hasta un grado extremo. ¿Por qué, entonces, estábamos en un bote? Porque a Tigler le gustaba capturar peces. Era primavera y hacía su aparición el pez toobie. Los peces toobie, una antigüedad biológica emparentada con el celacanto del océano índico, vivían en el lago Volcano y subían desde grandes profundidades para desovar. Acudía mucha gente, en su mayoría indios, para arponearlos. Los peces eran torpes, raros de aspecto, fósiles vivientes. Se ponían al sol para secarlos y su hedor impregnaba el pueblo indio. Las aguas del lago Volcano merecían calificativos como «diáfanas» y «galvánicas». Al caer Tigler, sentí el repentino temor de no volver a verlo. Los indios me habían dicho que el lago tenía muchos kilómetros de profundidad y que raramente podían recuperarse los cuerpos. De modo que salté, y el frío era paralizante. Tiré de Tigler hasta meterlo en el bote. Él no confesó que no sabía nadar. No reconoció nada, no dijo nada. Asió el arpón y recogió su sombrero, que flotaba junto al bote. Tenía las botas de vaquero llenas de agua. No me dio las gracias, ni se las pedí. Fue un incidente entre dos hombres. Quiero decir con ello que lo interpreté como propio del hombre silencioso del Oeste. Los indios seguramente habrían dejado que se ahogara. No les gustaba que los hombres blancos llegaran en sus botes, ansiosos por conseguir algo sin costo alguno, y se llevaran sus peces. Además, odiaban a Tigler por sus estafas, por los precios abusivos que fijaba y por dejar que sus caballos apacentaran en todas partes. Asimismo, y esto me lo había dicho el propio Tigler, los pieles rojas nunca interferían con la muerte, sino que dejaban simplemente que sucediera. Me contó que, en cierta ocasión, vio disparar enfrente de correos contra un indio llamado Winnemucca. Nadie avisó al médico. El hombre se desangró hasta morir allí en el camino, mientras que los hombres, las mujeres y los niños, sentados en bancos o en sus viejos automóviles, lo contemplaban silenciosamente. En aquel momento, en las alturas del edificio del condado, me pareció ver la figura de vaquero de Tigler como si estuviese esculpida en bronce, dando vueltas en el agua helada, eléctrica, y me vi entonces a mí, que había aprendido a nadar en una piscina desinfectada con cloro de Chicago, persiguiéndolo como una nutria. Por la carta de Kathleen, me enteré de que Tigler había muerto en una pelea. "


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