Entre dos aguas (fragmento)Plinio Apuleyo Mendoza

Entre dos aguas (fragmento)

"Debió ser la primera o la segunda que pasó en el rancho, y todavía no puede asegurar si fue de susto o de pena. El caso es que había soñado que estaba aún con su mamá en la pensión de la calle doce. Hablaba, reía con ella, y de pronto despertó para descubrir que aquél era sólo un sueño, que ella había muerto y que en cambio estaba en aquel rancho desconocido, escuchando ahí afuera el viento, el croar insomne de las ranas y el ladrido continuo y lejano de un perro en otra finca. Con horror había descubierto también un ruido más próximo: el que hacía una rata royendo alguna cosa debajo del catre. Empezó a sollozar, recuerda. No sabe cuánto tiempo estuvo sollozando hasta que de repente le cayó en la cara la luz de una linterna. «¿Qué le pasa?» Era su padre, todavía con cara de sueño, arrebujado en una ruana. Seguramente se había levantado para iniciar las faenas del ordeño en el establo vecino al rancho, cuando lo oyó. «Hay una rata», le había dicho él a manera de excusa. Raquel, que se había despertado también, se echó a reír. Su padre se volvió hacia ella con una expresión de sorna en la cara. «¿Cómo te parece? Le dan miedo las ratas. Llora, en vez de espantarlas.»
Se aparta ahora de la ventana y empieza a encender, una tras otra, las lámparas del salón, perseguido por aquel recuerdo remoto de su padre. Piensa que entre los dos siempre hubo un menosprecio recíproco, tal vez injusto de parte y parte. Porque mientras él, años más tarde —embrujado por los poetas franceses y las películas de Jean Gabin y de Michéle Morgan que entonces llegaban a Bogotá—, sólo pensaba en cómo encontrar el dinero para irse a París, su padre andaba vendiendo en sus tierras lo que podía: ollas de barro, ovejas, papa o terneros, en un empeño feroz por dejar atrás la pobreza que había ensombrecido la vida de los suyos. Y tiempo después, mientras él andaba en aquel Saint Germain-des-Prés existencialista de los años cincuenta, sumergido en el hervor de las cavas y de sus delirios de jazz o escuchando cantar a Juliette Gréco en las penumbras de la Rose Rouge, su padre estaba empeñado en sembrar ciruelos valiéndose de una técnica japonesa que había aprendido. Nunca se entendieron. Nunca. Quizás él renunció muy pronto a la idea de que su único hijo varón podría acompañarlo en sus aventuras agrícolas (aunque, ahora que lo recuerda, alguna vez alcanzó a proponerle que estudiara agronomía) desde que lo vio tan incapaz de moverse en sus parajes, de bajar al río para recoger agua o de ordeñar una vaca. Su propia esposa lo comprendió al segundo o tercer día de haberlo recibido en el rancho. "



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