Plenilunio (fragmento)Antonio Muñoz Molina

Plenilunio (fragmento)

"El cura se ha detenido junto a un semáforo, esta rojo para él y sin embargo va a cruzar, quizás no distingue la luz o no entiende las señales o anda tan distraído que no se da cuenta de todo el tráfico que hay. Dan ganas de pronto de acercarse a él, tomarlo del brazo y ayudarle a cruzar, permítame, padre; con la voz tan suave, a los viejos se les pone enseguida una sonrisa idiota, siempre quieren un chico bondadoso y servicial que les preste la ayuda de su juventud, el hijo modelo que tuvieron o perdieron o no llegaron a tener nunca, papas o abuelitos o tíos por delegación, por chochez. Pero se queda atrás, y el cura pasa al otro lado de la calle atolondrado y suicida, provocando los bocinazos de un camión, con la prisa que tiene uno y, sin embargo, los viejos..., parece que no existe el tiempo para ellos, hay que temerles cuando se ponen a cruzar, y te descuidas y le das a uno y ya te has buscado una ruina, como si no hubiera bastantes viejos en el mundo, agonizando al sol de los parques o entre las humaredas de tabaco del Hogar del Pensionista, cobrando pagas hasta los cien años, cagándose y meándose sin ninguna vergüenza, comiendo como leones y sin pillar ni un catarro.
Cruza él también, y otro bocinazo muy violento lo estremece, como si lo despertara de un sueño en el que no sabía que hubiera caído, sonámbulo sin darse cuenta, por tantas noches de dormir poco o no dormir nada, por el pelotazo del ron y la excitación nunca mitigada del secreto inviolable. La conductora de un coche lo increpa por la ventanilla abierta, agitando una mano con pulseras y unas rojas, «pasmado», le dice, «¿no tienes ojos en la cara?», y el enrojece hasta las raíces del pelo, esta vez sí, colorado como un idiota, le pica el cuerpo entero, la espalda, las ingles, las palmas de las manos, se hinca las uñas en ellas con los dos puños cerrados, una tía tenía que ser, piensa, dice en voz baja mientras alcanza la otra acera, se vuelve para maldecirla y el coche ya ha pasado, pero él ve desde atrás a la mujer todavía furiosa que mueve las manos, y a dos niños de seis o siete años que lo miran con un aire idéntico de indiferencia y de burla, las caras aplastadas contra el cristal trasero, niño y niña con uniforme de colegio de monjas, como no, niños pijos, hijos de papá, de médico, seguro, de director de Caja de Ahorros, el coche es un Volvo, seguro que el carbón que lo compro no tiene que levantarse a las cuatro y trabajar más horas que el reloj para pagar las letras: que sentiría la tía, tan soberbia, con sus pulseras y sus uñas rojas, si el niño o la niña bajaran a la calle y tardaran en volver, si no volvieran nunca. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com