El azar y el destino (fragmento)Cees Nooteboom

El azar y el destino (fragmento)

"A juicio de Haberland, con esa visión exagerada de los sacrificios humanos pretendemos acallar nuestra mala conciencia por haber sido artífices de la destrucción de una civilización floreciente. Estoy tentado de darle la razón mientras contemplo la maqueta del Recinto Sagrado en el Lago. Pero no hay que olvidar que esa construcción sagrada es, al mismo tiempo, una manifestación de poder y de absolutismo; en medio de esas altísimas pirámides dispersas a lo largo y ancho del territorio, vivían en tiempos de Cortés veintitrés mil quinientas personas. Para aquella época, Tenochtitlán era una verdadera metrópoli. La vida en la ciudad estaba enteramente reglada: para las clases altas, vestir la ropa inadecuada podía acarrear la pena de muerte; todos los pueblos, hasta el extremo más lejano del territorio, estaban sometidos al poder central; nada, al parecer, se dejaba en manos del azar; todos los hilos estaban tensados hacia ese único soberano absoluto, Tlacatecutli, señor de señores, Tlatoani, el que habla bien. Él era la araña en la telaraña, el primero entre los aztecas, nombre colectivo de todos aquellos pueblos conquistados y anexionados por los mexicanos en su expedición de siglos. 
Camino ahora entre los restos de su civilización, pero no de la suya únicamente, también de la de sus vecinos y antecesores: los mayas, los olmecas, los toltecas. Este museo es todo un universo, la valla de lo que alguna vez fue un mundo encerrado en sí mismo, un mundo que produce vértigo por su extrañeza. Dado que estoy aquí, en esta ciudad, en su territorio, procuro limitarme a los aztecas, pero ¿hasta qué punto puede uno comprender su mundo? Repito en voz baja los extraños nombres con los que designaban los años de su siglo de veinticinco años: (1 Conejo, 2 Caña, 3 Cuchillo de sílex...) e intento imaginarme que esos nombres no evocaban a aquellas gentes más que lo que a mí me evoca el mes de enero, pero ¿Cómo hacerlo? Entre mi persona y estas palabras sencillas se interpone un velo de exotismo; veo un conejo y no un año, para mí todo esto es poesía, como también son poesía los nombres de los dioses y de los héroes míticos: Tezcatlipoca —el espejo humeante—, Quetzalcóatl —la serpiente emplumada—, Ometecuhtli —el doble señor—. Contemplo las imágenes torcidas, sin perspectiva, en paredes y códices, de esas criaturas con dientes y picos; los cuchillos de sus plumas, sus espadas, sus venenosas puntas salientes pueden herirte en cualquier parte del cuerpo. Una ira permanente parece dominar estas salas del museo, como si toda esta piedra, armada hasta los dientes, te mirara fijamente desde unos ojos sin pupilas desafiándote a descifrar el misterio de sus imágenes. "



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