Leer (fragmento)Gabriel Zaid

Leer (fragmento)

"Para corregir los errores y omisiones del canon hacen falta lectores denodados, con talento, valor civil y muy buena suerte, porque, una vez consagrada una obra mediocre, una vez que la avalan personas e instituciones de peso, no es razonable esperar que se desdigan. Lo razonable es suponer que el disidente es un ser extraño, que lee torcidamente, por ineptitud o motivos inconfesables.
En 1918, ¿quién se hubiera atrevido a pensar, ya no digamos a decir, que un joven poeta celebrado por José Vasconcelos y Carlos Pellicer, prologado por Rafael López y Antonio Castro Leal, comentado incluso en The New York Times y The Saturday Evening Post, no tenía importancia por sus textos, sino por el ruido que lo acompañaba? Para ganar esa batalla absurda hubiera tenido que ponerse a leerlo en serio, estar dispuesto a refutar el consenso favorable, tomarse todos los trabajos del caso y encontrar apoyo para sus opiniones. Algo tan pesado, improbable y sospechoso como conseguir presupuesto, ayudantes, laboratorios, para refutar los experimentos científicos de un premio Nobel. Hoy no se habla del famoso Pedro Requena Legarreta (1893-1918). Tampoco hay quien lo lea. Pasó de ser famoso, sin ser leído, a quedar descartado, sin ser leído.
Alguna vez Huberto Batis relató una experiencia deprimente. Dando clase en el último año de letras, tuvo una sospecha que lo obligó a preguntar: ¿Cuántos de ustedes han leído a Ramón López Velarde? Silencio general, y una sola mano que se alza, con explicaciones desoladoras: vínculos familiares en la tierra natal del poeta… En otras disciplinas y países se cuentan cosas semejantes.
Una notable (porque revela cómo el mundo académico se ha vuelto burocrático, y tiende a modelarse en la figura del ejecutivo, no del lector) empieza con la extrañeza de un director de tesis ante cierta afirmación: ¿Cómo puede usted decir tal cosa, si su bibliografía incluye tal libro? ¿Lo ha leído realmente? Breve respuesta ejecutiva: No personalmente.
La mala prosa en las ciencias sociales se ha vuelto casi un requisito. Los historiadores, sociólogos, psicólogos, que escriben demasiado bien se vuelven sospechosos de poca profundidad. Pero en los estudios literarios es una contradicción. La mala prosa sobre las bellas letras demuestra poco entendimiento del juego literario, incapacidad de lectura de los textos propios y ajenos. Sin embargo, en los trabajos académicos, el gusto, la malicia, la pasión de leer (siempre loables) no hacen falta para acumular capital curricular. "



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