En tiempos de la luz menguante (fragmento)Eugen Ruge

En tiempos de la luz menguante (fragmento)

"Se inauguró el bufé frío. Entre las dos salas se inició un tráfico discontinuo hasta que la gente se acomodó con sus platos junto a las mesas. Wilhelm estaba sentado aparte, en el sillón de orejas, bebiendo a sorbitos de su vaso de aluminio de reflejos verdes. Pensaba en lo más importante. En lo que faltaba. En Hamburgo y su oficina en el puerto. En las noches, el viento. En su Korovin calibre 6.35. No lo pensaba, se acordaba. Sentía cómo se amoldaba a su mano. Sentía su peso. Recordaba su olor, después de accionar el gatillo... ¿Para qué?, pensó. Cerró los ojos. Ronroneo en su cabeza. Palabrería. No tenía sentido. Pamplinas. Sólo de vez en cuando —¿o se lo estaba imaginando?— oía, en medio de las pamplinas, un ronco ladrido: ¡Chov!... Y otra vez: Chov... Chov...
Abrió los ojos un breve momento: Kurt, ¡quién iba ser! Para Chov, tú mismo, pensó Wilhelm. Derrotista. ¡Toda la familia! Excepto Irina, que al menos había estado en la guerra. ¿Pero Kurt? Mientras duró la guerra, estuvo metido en el campo. Tuvo que trabajar, ¡qué horror!, con esas manos que ni siquiera servían para abrir un tarro de pepinos. Otros, pensó, arriesgaron el pellejo. Otros, pensó, la palmaron luchando por la causa, y tenía ganas de levantarse y hablar de los que la habían palmado luchando por la causa. Hubiera hablado de Clara, que le salvó la vida; de Willi, que se cagó en los pantalones de miedo. De Sepp, torturado hasta la muerte en algún sótano de la Gestapo porque se habían quedado cortos a la hora de eliminar a los traidores. Así fue, profesor sabelotodo, incapaz de abrir un tarro de pepinos. Así fue entonces y así seguía siendo hoy día. Tenía ganas de decirlo. Y tenía ganas de decir también otra cosa: sobre el entonces y el hoy. Y sobre los traidores. Y sobre lo que había que hacer ahora. Y sobre dónde estaba el problema. Tenía ganas de decir todo eso, pero tenía la lengua demasiado espesa y su cabeza era demasiado vieja para transformar en palabras lo que sabía. Cerró los ojos y se reclinó en su sillón de orejas. Ya no oía las voces. Sólo oía el ronroneo en su cabeza, igual al del agua de la bañera por la mañana. Y de entre el ronroneo salía una melodía. Y de la melodía, palabras. Ahí estaban, de repente, las palabras que buscaba: sencillas y tristes y claras, y tan obvias que en el mismo instante olvidaba que las había olvidado.
Cantó en voz baja, para sí, acentuando cada sílaba. A un compás ligeramente arrastrado, como bien se dio cuenta. "



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