Plegaria por un Papa envenenado (fragmento)Evelio Rosero

Plegaria por un Papa envenenado (fragmento)

"Con dificultad pudo encontrar de nuevo sus aposentos.
Orar, pensó, no recordar jamás este primer lamento del alma del Vaticano, las entrañas temibles que ahora piadosas sólo clamaron bajo sus pies —pero que él sabía que un día iban a tragárselo.
Otra tarde de septiembre emprendió sin proponérselo otro paseo laberíntico. Se perdió, o se lo tragó —físicamente— una escalera, de eso estaba seguro aunque no quería estarlo, y la escalera lo escupió en un pasillo: prefirió pensar que sólo había desembocado en un pasillo sin bifurcación, excepto una puerta blanca, con un pomo de oro y un bajorrelieve de San Jorge aplastando al Dragón: abrió la puerta y se encontró —como si cayera de bruces— cara a cara con varios religiosos (funcionarios y oficiales de la burocracia vaticana) que trabajaban alrededor de una mesa oblonga, atiborrada de documentos. La sorpresa fue mutua, de pasmo. Los ujieres y escribanos apostólicos presenciaron atónitos cómo el Papa Juan Pablo I pedía confusas disculpas y se retiraba.
Allí los dejó. Se devolvió por el pasillo y, para su desconsuelo, ocurrió que otra vez una húmeda escalera se lo tragó —y él no quería todavía aceptar la realidad de esa palabra— y lo escupió en el idéntico pasillo sin bifurcación, y volvió a encontrarse ante la puerta de San Jorge y el Dragón y otra vez a su pesar la abrió y se estrelló contra la cara blanca embarazada de los mismos funcionarios sacerdotes que lo miraban. Uno de ellos recordaría que el papa Juan Pablo I les dijo: «Perdónenme. Sólo estoy tratando de conocer el lugar».
Cuando se lo permitía el mundo, Albino Luciani —no el Papa Juan Pablo I sino el modestísimo escritor de cartas— volvía con su fascinación temible, la ineludible exploración del Vaticano. De manera espontánea y voluntaria y a despecho de la Curia que lo vigilaba desaparecía y se daba como un niño un breve paseo por entre el misterio y su contemplación.
Pero esta vez sí fue por azar.
Cuando ocurrió, tal vez su sonrisa ya no era la misma; el rictus de la boca podía ser una sonrisa, pero ya no: honda estupefacción, espanto: estaba sentado al borde de su cama, dispuesto a acostarse, y volvía a recordar otra vez la información sobre esa casa, su casa, las 10.000 estancias, las 997 escaleras, 30 de ellas secretas, cada una con su respectiva puerta, y miró a la pared como si lo llamaran desde el otro lado del mármol, creyó que fue exactamente como si lo jalaran de los ojos, real, físicamente, lo jalaran de los ojos, y entrevió una leve fisura en la pared como una línea, y se acercó y arrodilló a examinar y descubrió otras líneas como hendijas que formaban una especie de efigies de ídolos remotos, y todas las efigies perfilaban el rectángulo de una puerta, era una puerta y la rozó con un dedo y fue como si la empujara violento, vio que había una estrecha y húmeda escalera descendiendo, vio que frente a él descendía una escalera, y comprendió que la más secreta de las 30 escaleras partía de su propia habitación y descendía, descendía, descendía, descendía interminable, descendía al infinito subterráneo, convocándolo ¿hacia dónde?
¿Hasta dónde?
Cerró la puerta. "



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