Rumbo a Poniente (fragmento)Charles Kingsley

Rumbo a Poniente (fragmento)

"Durante un tiempo se le vio alterado. Se hacía a sí mismo toda clase de reproches innecesarios por (según él) haber empujado a Rose al escándalo, lo que la llevó a los brazos del español. St. Leger, hombre sensato, intentó en vano convencerlo de que él no tenía culpa de nada, porque aquellos dos debían sentir algo el uno por el otro desde mucho antes de la pelea, que antes o después las cosas habrían acabado como lo hicieron; que la severidad de Salterne, más que la ira de Cary, había precipitado la catástrofe; y, por último, de que Rose y sus vicisitudes ya no eran algo por lo que debían romperse la cabeza, ahora que se había fugado con un español. Resultaba imposible consolar al pobre Will. Escribió a Frank, a Whitehall, contándole toda la verdad, dedicándose toda clase de insultos, y suplicando su perdón. En la carta de respuesta, Frank decía que Will carecía de motivos para considerarse culpable; que él, como miembro de la Hermandad de la Rosa, estaba obligado a creer, no, a asegurar incluso con la espada si fuese necesario, que la sin par Rose de Torridge no podía más que elegir de forma virtuosa y digna; y que por parte de ellos el hombre al que ella había honrado con su afecto, por muy español y papista que fuese, merecía amistad, adoración y lealtad para siempre.
Y el honrado Will aceptó aquello como si de los Evangelios se tratase, sin sospechar qué agónica desesperación, qué espantosas sospechas, qué amargas oraciones, le había costado aquella carta al noble corazón de Francis Leigh.
Triunfante, le mostró la carta a St. Leger, que fue lo bastante prudente como para no negar ni una palabra de ella, al menos en voz alta; y también lo bastante sensato como para creer secretamente que Frank opinaba de forma muy distinta sobre aquel asunto; sin embargo, se contentó con decir «Ese hombre es tan bueno como su madre». Y así quedó estancado el asunto durante varios días, hasta que apareció uno que no tenía intención de dejarlo estar, que no era otro que Jack Brimblecombe, ahora coadjutor de Hartland, que vivía muy bien con cuarenta libras anuales. "



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