Pólvora mojada (fragmento)Andrés Berlanga

Pólvora mojada (fragmento)

"Las mañanas de los juegos escolares, de las fiestas que no eran fiestas salvo para ellos, del santo del director, del patrón del Instituto, de los exámenes para los libres; esas mañanas que, a sabiendas o no, se iba al Instituto con la cartera, se reunían los menos formales no para volver a casa sino para vagabundear: Paco y Loren llegaban hasta la caseta del viejo para sonsacarle y ojear gratis los pardos libros de detrás de las colecciones.
Los golfetas, como llamaba el director a los que no sacaban de siete para arriba, se iban a pavonear a los Institutos de las chicas, donde alborotaban el gallinero hasta que las viejas cacatúas, sin problemas mensuales ya, les echaban encima a los bedeles. Las chicas se dejaban robar una cinta, un cuaderno, un libro, un pañuelo, entre protestas débiles y consentidas, y ellos, muy ufanos, pedían como rescate que fueran a las cinco a Sabattini, o a las siete a los corrillos de Rosales. Loren se apuntaba a las incursiones por el Beatriz Galindo, porque allí estaba Laura y cuarenta metros más abajo, nada más pasar la rinconada maloliente de los reguerillos, la caseta del viejito.
Paco prestó a Loren sus escasos libros, tras separar los heredados del seminario; Loren dejó a Paco los que guardaba bajo las cajas de pañuelos en el armario de casa de los tíos, donde no había libros ni sobre el aparador de la entrada, que era donde el padre del pibe y de Laura colocaba los encuadernados de «la vida sexual sana», cuatro o cinco de la Austral y los códigos (el de justicia militar con el canto de las hojas formando la bandera nacional).
Paco y Loren leyeron a salto de mata, sin orden ni concierto, a Joyce y Aldecoa, con entremeses de Ortega, de Marx, de Engels, de Sender. El de literatura, con su aire de poeta romántico y tísico, les dio un diez y les regaló dos tomitos de Cortázar en edición popular. Unas pastas de Historia Sagrada acogían a los prohibidos, devorados a golpes de recreo en el único reconfortante lugar del Instituto, escondido y fresco, ideal y aislado. Aquellos cuartitos sin techo tenían un inconveniente, además de otro que cualquiera se olía nada más entrar: no eran tazas sino dos ladrillos posapiés los que acogían al usuario. Loren se colocaba el rollo de papel higiénico entre muslo y pantorrilla para levantar algo más, aunque siempre salía con punzadas de agujetas o la maldita cadera resentida.
La llamada biblioteca del Instituto daba poco de sí para quien quisiera algo más que Cervantes, don Ramón de la Cruz, las Sagradas Escrituras y el reglamento de fútbol comentado por don Pedro Escartín; eso sí, en su veintitantas edición, corregida, aumentada y puesta al día con un apéndice del último Campeonato del mundo. En los bajos de la Nacional, la pública era asequible con un poco de paciencia y sin exigir «novedades» de menos de treinta o cuarenta años hasta la fecha. Otro que andaba lampando como ellos y que después sacaría beca con Paco, acudía allí para los clásicos. "



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