Río de las congojas (fragmento)Libertad Demitrópulos

Río de las congojas (fragmento)

"Llegué a casa con esas ofuscaciones. Los gallegos me habían avergonzado con sus sucios pensamientos. Algo estaba sucediendo a mis espaldas; algo había pasado, sin duda. Y no eran los puros miedos los que me salían al paso. ¿De cuándo un hombre no tiembla por una mujer, y más si es la amada? Conforme me acercaba, me desasosegaba más.
Y ¡qué! Encuentro que mi María no estaba. Ninguna noticia fuera de los silencios. En las apreturas de mis adentros hice un acomodo, como un sacudón a mis ofuscaciones y ahí supe la contestación: me había abandonado como los pichones a su nido. Llamé a mi hombría y a los indicios. Así conocí que no se hallaba en la ciudadela y una tarde, desde esta barranca, conversando con el río, supe que sus aguas la habían llevado. Pero, ¿río abajo o río arriba? Para arriba era volver a La Asunción donde tanto rencor había dejado. Río abajo era ir a la nueva ciudad de Garay. Esa era la contestación. Pensé que, renegando de la vida que llevaba conmigo, habría querido volver a su otra, cuando no era una mujer casada sino libre, sin hombre que la gobernase. Entonces comprendí que el hombre cree que la mujer es un cántaro que se llena, aunque no tenga sed, para las sequías. Malhecho llenarla. Malhecho enjaularla. Malhecho todos los malhechos que se tienen con ella. Porque un día el llenador se encuentra perdido sin ella y sólo entonces es cuando ve la nulidad de los malhechos. Así es. De pasar, a uno le pasa. Sufrir, se sufre. Y hay que apechugar al hacer crujir las manos y no su cintura, al besar el aire y no su cuello, al combar los brazos y no sus caderas. Extrañar, se extraña. Uno es un carajillo que pronto se acomoda a la felicidad y cree que la ha ganado y va y se acuesta con ella creyendo que la tiene para siempre, como si no conociera su brevedad. Cuando supe que se había ido detrás de tal hombre tuve lástima de ella. Porque él era orgulloso y ella pobre, él ambicioso y ella inocente, él poderoso y ella cuantimás una mujer.
En las entremedias de la espera, la justicia que me llama para pedirme cuentas de las tierras que heredé de mi padrino. Pleitié. Puse escribano y abogado. Puse alegaciones y servicios. Puse recursos. Pero también la otra parte interesada, Isabel Descalzo, puso sus escribanos y defensores alegando ser hija natural de mi padrino. Los abogados me exigían el pago por adelantado, y así, para cada alegación, me iban retaceando la chacra de a pedazos que yo iba cediendo como parte de pago. Isabel Descalzo, sabedora de que los abogados se la estaban comiendo, interpuso recurso de desalojo, que el juez concedió. Volví a quedar solo y sin vivienda. Pero una palmera ya es mi casa, el tacuaral mi cama y todo el sabanaje el anchor de mi mundo. ¿Qué más natural para un hombre sin achaques, que la sabia tierra? ¿Y más, el agua? Un caballo, una canoa. ¿Hay mejor casa? ¿Dónde se duerme mejor que en su canoa, cuando uno la deja rolar, tranquila, sobre el lomo del río? Ah, esos placeres que sin merecer se tienen. Uno es un mero recibidor que está ahí y recoge lo que Tupasy entrega. Pescados que se comen a la brasa, asados, con ese sabor que el río le presta y esas naranjas y guayabas y chirimoyas. No extrañé perder mis bienestares: extrañé perder a mi María. "



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