Juana la Loca (fragmento)Ludwig Pfandl

Juana la Loca (fragmento)

"La ciudad de Valladolid se engalanó lo mejor que supo para aquella recepción y, si grande era el gentío que esperaba, mayor aún era su entusiasmo. Pero España todavía no conocía la escenificación de semejantes fiestas; precisamente, la exuberante corte flamenca de los Habsburgo fue la que importara a España la pompa y magnificencia de desfiles y cabalgatas y aquel ostentoso alarde de lujo cortesano. Montaron varios arcos de triunfo en cinco o seis lugares diferentes, fabricados con madera y forrados de ricas telas, y engalanaron todos los balcones y galerías con colgaduras de coloridos muy vivos. Barrieron incluso la calzada, lo cual no impidió que, a pesar de tanto esfuerzo, las boñigas del ganado y el barro llegaran hasta las canillas de los caballos. La comitiva estaba formada por varios príncipes, duques, condes, marqueses, barones, y por arzobispos, embajadores y caballeros del Toisón de Oro; también por ayudas de cámara, chambelanes, cancilleres y consejeros; por pajes, heraldos de armas, timbaleros y trompeteros, todos ellos desfilando por las principales vías hacia la plaza del mercado, hasta llegar a la iglesia de Nuestra Señora, donde el rey entró primero a orar un rato para después encaminarse a palacio. El joven rey hizo su entrada a la ciudad montado a caballo bajo un palio de brocado de oro y protegido por su armadura de acero, con guardabrazos y grebas como si temiera un secreto atentado; vestía, además, manto de rica seda con los colores gualda, blanco y rojo, cuchillos rojo carmesí y guarnición de piedras preciosas; y llevaba la cabeza cubierta por un bonete de terciopelo negro adornado con vistosas plumas blancas de avestruz. Todos pudieron comprobar con asombro y satisfacción su gran maestría como jinete; después de hacer varios escarceos y piafar soltando espumarajos, su brioso corcel se puso varias veces de manos, las patas delanteras más tiempo al aire que sobre el suelo, tal como relata Vital, pero el joven monarca permaneció inmutable, firme y erguido como una estatua de bronce fundido sobre su silla de montar, con tal apostura y gallardía y tan majestuoso, como nunca se había conocido en un joven muchacho de diecisiete años de edad. La impresión que produjo a los españoles –sobre todo a las españolas– fue muy superior a lo que cabía esperar. Para hacernos una idea, Vital afirma que, si él tuviera tantos ducados como admiradoras tenía el rey, sería el hombre más rico del universo. "


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