Decencia (fragmento)Álvaro Enrigue

Decencia (fragmento)

"Los colegios de entonces no eran esta cosa en la que todo es más o menos transparente y sistemático que llegó a Guadalajara mucho más tarde, cuando los generales sonorenses impusieron su ley un poco reformista y un poco apache desde el centro de la República. No eran un lugar en el que se mete a los niños durante unas horas del día para que aprendan cosas que contribuyan aunque sea de manera un poco abstracta a un oficio futuro. En el Liceo de Varones, al menos teóricamente moderno y positivo, la idea era producir soldaditos del virrey: personas que dieran la vida y los ahorros de la familia para que nunca nada cambiara bajo ninguna circunstancia. Profesores nacidos en México e hijos y nietos de mexicanos, por ejemplo, nos hablaban de «vosotros»; una persona verbal que no se utilizó en el país ni siquiera en el siglo X V I porque los extremeños que conquistaron a los aztecas ni ceceaban ni vosotreaban. Lo cual implicaría, supongo, que las cosas deberían cambiar tan poco en Guadalajara que Guadalajara ni siquiera debió haber existido; que los españoles nunca se debieron haber desplazado hasta América y que el puerto de Palos se debió haber quedado atendiendo sólo a las Canarias, que no amenazaron con su descubrimiento ninguna estructura teológica. Las clases conservadoras de México nunca se adaptaron ni siquiera a la idea de que haya cinco continentes –incluso si viven en el que claramente es el cuarto.
Sé que Juan y el resto de los esclavos padecieron muchísimo la escuela. Yo, como siempre, me dejé llevar y casi la disfrutaba. Es público y notorio que no aprendí nada, dado que tuve que terminar del lado del nacionalismo revolucionario, pero obtuve otra clase de beneficios.
En el Liceo nos daban de comer en un refectorio helado y, después de un rato de estudio individual, nos dejaban salir en tropel a los medios pensionados. Como el colegio era público, el resto de los estudiantes caminaban a su casa o tomaban el tranvía. A nosotros nos esperaba en la puerta, traqueteando sobre el Ford, el chofer de guantes, boina y lentes acompañado por las Villaseñor, que iba vestida como un oso de peluche a pesar de que para la segunda mitad de la década de los años diez los vientos de la ligereza ya empezaban a correr por la capital jaliciense.
Después de llegar a casa y completar las tareas, casi siempre salíamos. A veces a disfrutar de atardeceres plenos en un bosque con un estanque negro lleno de sapos que se conservaba subiendo una escalera casi secreta por la calle de Hospicio; a veces a pasar horas sin término visitando a los parientes de casas gigantes y oscuras, tachonadas de pinturas de héroes del catolicismo militante desangrándose. "



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