El camino de Buenos Aires (fragmento)Albert Londres

El camino de Buenos Aires (fragmento)

"Mi compañero obedeció. El falso agente se arrojó sobre mí. Negué ser un proxeneta. Juró que yo era uno de ellos. Me dijo que, de hecho, mi cara me delataba. Me sentí orgulloso. En síntesis, todo eso me costó treinta pesos, pero negocié. Ese dinero me vendría muy bien en este momento. No me arrepiento. Los viajes sirven para instruirse.
Es Romindato, empleado en el puerto y pariente de un «pez gordo» de la policía. Hace detener a los traficantes cuando desembarcan. Al día siguiente va a verlos al «locutorio»: «¡He sabido de su desgracia!». A cambio de doscientos pesos, lo manda soltar.
Es el pequeño personaje de la administración policial que enviuda. El jefe de los Polacos (polacos, rusos, checoslovacos que trafican judías de Polonia) lo visita para darle sus condolencias en nombre de la corporación. Dice que tan honorable dama debería ser llevada hasta su última morada en un coche fúnebre de primera categoría. Solicita el honor de estar a cargo de las pompas fúnebres. Se lo conceden. Fue un entierro de primera. Vi pasar el cortejo. Me saqué el sombrero.
Es ese jefe —esta historia es antigua (pero ¿acaso es motivo suficiente para dejar que se pierda? Las cosas bellas deben ser desenterradas. Es un hecho admitido y aun promovido, de otro modo los arqueólogos serían eliminados. Y veo que, por el contrario, son recompensados)—, es ese jefe que va a Europa, en viaje de placer, con su familia, a cuenta de los agradecidos mercaderes de mujeres.
Es la escena típica de la presentación del arma: un viejo cuchillo oxidado que está en un cajón de la prefectura de policía. Data, creería yo, de la declaración de la Independencia.
El caften es llevado a la oficina del cuchillo. El funcionario abre el cajón, saca el cuchillo. "



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