Abejas de cristal (fragmento)Ernst Jünger

Abejas de cristal (fragmento)

"En la casa y en la terraza el tiempo había pasado sosegadamente como en la época de nuestros antepasados. Recordaba la sensación que produce pasear por el bosque, por antiguos senderos. Nada indicaba que no se hallara uno en la primera mitad del siglo XIX o, mejor aún, del siglo XVIII. La mampostería, los revestimientos de madera, los tejidos, los cuadros y los libros, todo era testigo de una sólida artesanía. Se sentían las medidas de antaño: el pie, la vara, la pulgada, la línea… Se sentía que la luz y el fuego, el lecho y la mesa, se cuidaban y apreciaban aún al modo antiguo; se sentía el lujo de la atención humana.
Aquí, en el exterior, era distinto, aunque fuera agradable andar por la arena blanda de un amarillo dorado. Cada dos o tres pasos se borraban las huellas de los pies. Veía un pequeño remolino como si un animal oculto se agitase en la arena. Luego el camino volvía a estar liso como antes. Pero no me hizo falta esa observación para advertir que aquí el tiempo corría con mayor celeridad y que se imponía mayor atención. En los buenos tiempos uno llegaba a sitios en los que «olía a pólvora». Hoy la amenaza es más anónima, es atmosférica, pero se siente. Se entra en un ámbito distinto.
El camino fascinaba; invitaba a soñar. En ocasiones el arroyo se acercaba tanto a él que lo bordeaba. En sus orillas florecía el lirio amarillo, y en los bancos de arena, la cacalia. Por encima volaban los alciones salpicándose el pecho de agua.
Los viveros en que los monjes habían criado sus carpas estaban cubiertos por una alfombra verde de bordes claros. Allí amarilleaban las lentejas acuáticas y blanqueaban las conchas de limneas y las planorbis. Olía a moho, a menta y a corteza de aliso, a pantano húmedo y cálido. Recordé los días sofocantes de verano en que, niños aún, pescábamos con pequeñas redes en esa clase de viveros. Al sacar trabajosamente las piernas del pantano, éste las succionaba y el vaho subía de las huellas.
El muro limítrofe estaba allí mismo. El arroyo lo cruzaba a través de una reja. A la izquierda se veía el techado de paja. Reposaba sobre postes rojos sin tabiques divisorios y coronaba lo que era más una pérgola que un pabellón. Servía para proteger, cuando se hallaba uno en esa zona del parque, de la lluvia o de los rayos solares, pero no del viento ni del frío. Una parte del techado se adelantaba a manera de marquesina. Bajo ella había sillas de caña trenzada y una mesa verde de jardín. Era aquí, pues, donde debía aguardar mi destino. "



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