La maldición de la reina Leonor (fragmento) Peridis

La maldición de la reina Leonor (fragmento)

"Reinaba la penumbra en un salón del palacio real de la capital del Arlanzón, y solo se escuchaba la respiración entrecortada y el jadeo de la joven Leonor, que yacía en un lecho fastuoso con las ropas desordenadas. Sin tiempo de prepararse como la ocasión lo requería, había alumbrado de improviso un niño prematuro. Tanto había deseado traer al mundo un hijo varón que, cuando se lo mostraron, una vez que lo lavaron y vistieron conforme a su rango, sintió una gran indiferencia hacia aquella criatura que ni fuerzas tenía para llorar.
«Pobrecillo, ¡qué pequeño y qué feo es! Si parece un gato. Nada que ver con su padre. Y de mi familia solo se asemeja a mi hermano Juan, el benjamín. En cambio Berenguela, cuando nació, ya estaba criada y era el doble», pensó desolada la joven al contemplar a la criatura con detenimiento antes de devolvérsela a la nodriza.
Estaba furiosa consigo misma por no haber alumbrado un infante fornido y saludable, que era lo que se esperaba de ella. Los cortesanos que la acompañaban en el parto no pudieron ocultar su decepción. Afortunadamente, el rey se encontraba ausente cuando aconteció el alumbramiento, lo que daría un tiempo a la criatura para medrar un poco, si lograba sobrevivir. Nadie sabía dónde estaba Alfonso, pero todos lo sospechaban. Aunque habían pasado más de quince años desde que la viera por primera vez, el rey seguía hechizado por la hermosa Raquel, la judía de Toledo, a la que visitaba siempre que podía.
Para Leonor, aquella situación habría sido más fácil de sobrellevar con resignación si hubiese traído al mundo un hijo sano y fuerte. Era explicable su decepción porque con ese parto esperaba dar el heredero varón al rey don Alfonso para que en su día ocupara el trono de Castilla y, a ser posible, también el de León, si los hijos de su tío Fernando se malograban. Aquella misma tarde llegó al palacio el anciano obispo Raimundo cuando en la ciudad de Burgos se hacía un silencio insólito y ominoso.
Aquel no era un silencio tranquilo cargado de monotonía cotidiana, porque se trataba de una quietud expectante, como la que precede a los combates a vida o muerte entre el caballero blanco y el caballero negro. "



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