Las pecadoras (fragmento)Xavier de Montepin

Las pecadoras (fragmento)

"Ha llegado el momento de dar cuenta de la presencia de un nuevo personaje, personaje raro y estrambótico, que, sin que lo supieran Carlos y Mignonne, había asistido a todos los detalles de la escena que acabamos de referir.
Ese personaje era un joven de unos veinticinco años.
Era imposible ver nada más asqueroso que su persona, y más repulsivo que sus modales.
Era una especie de enano, de cuatro pies de altura a lo sumo. Con un cuerpo de gigante, sostenido por unas piernas de niño, que siendo demasiado débiles para sostener el peso desproporcionado del busto, se combaban y se torcían como las patas de un perro pachón.
A aquel cuerpo se unían unos brazos largos y musculosos, terminados en unas manos disformes y velludas.
Una cabeza achatada y deprimida, coronada por una cabellera roja, espesa y erizada, completaba ese conjunto desagradable.
Nos sería imposible dar una idea muy exacta de los rasgos, y sobre todo de la fisonomía de aquella cabeza.
Los ojos eran extremadamente pequeños; parecían hechos con un punzón; las pupilas de un color gris claro, nadaban en un fluido de azul sucio, dándole, en unión con una boca enorme y casi sin labios, una expresión de maldad baja y astuta…
El color de su cara parecía lívido, bajo las manchas de tierra amontonadas en las mejillas, desde larga fecha, a consecuencia de una inconcebible incuria.
El traje de ese monstruoso personaje era digno por completo de su aspecto repulsivo.
Sobre las guedejas incultas de su cabellera estaba colocado un gorro de algodón con rayas encarnadas, blancas y azules. Una blusa de tela cruda, toda rota y de una suciedad repugnante, bajaba sobre un pantalón de pana remendado por cien lados, y tan corto, que dejaba en descubierto las piernas raquíticas del enano, casi desde la rodilla; piernas que estaban desnudas, y cuyos pies se introducían en gruesos y pesados zuecos rellenos de paja.
Cuando el señor de San Andrés llegó a la Roca, el personaje cuyo retrato acabamos de bosquejar estaba escondido detrás de un fragmento de lava arrojado por la mano de la casualidad sobre dos pedazos de granito.
Mientras que Carlos y Mignonne hablaban en la meseta, a la vista de todos, el enano había permanecido quieto en su escondite, en un estado de inmovilidad tal, que hubiera podido creerse que estaba dormido, si su mirada clara y brillante no hubiese anunciado evidentemente que velaba y observaba.
Pero tan pronto como la aldeana entró con el joven en la gruta, los ojos del desconocido se habían vuelto inquietos y extraviados.
Dejó su escondite, y arrastrándose por entre las fragosidades del terreno, alcanzó una mata de boj, detrás de la cual se volvió a ocultar. "



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