El dolor de los demás (fragmento)Miguel Ángel Hernández

El dolor de los demás (fragmento)

"Y entonces llega lo más terrible. No sabes quién lo dice, pero resuena en el salón como un trueno seco que da inicio a la tormenta.
Han encontrado a Nicolás.
Muerto.
En un barranco.
Esa es la noticia que te desgarra.
Ha saltado desde lo más alto. Su primo ha encontrado su cuerpo. Había intentado ahorcarse.
No escuchas ya nada de lo que se dice a continuación. Porque ahora todo se convierte en sollozo. No gritas, no hablas, no sabes si tienes palabras. Tus ojos se llenan de lágrimas. Todo se torna borroso.
Es entonces cuando María José te abraza y besa tus mejillas. Es entonces cuando sientes su cuerpo junto al tuyo, la abrazas con fuerza y notas tus lágrimas humedecer su pelo. Es entonces cuando sientes sus pechos duros apretándose contra ti. Y es también entonces cuando no puedes evitar la erección.
Tu mundo se desmorona y por un momento quisieras que este instante fuera eterno. El momento que tantas veces has soñado. Cuando te masturbas, o cuando te tiendes sobre la cama a pensar cómo sería estar junto a ella, besarla, tocarla, abrazarla. El momento que tantas veces has imaginado. Ahora, precisamente ahora, cuando el dolor te abrasa las entrañas.
Tu amigo muerto en un barranco.
Tu polla dura.
El mundo entero rompiéndose en pedazos.
Junto a la foto del barranco, otra imagen se me grabó en la retina. Una fotografía anecdótica, de recurso, situada al pie de una página de La Verdad: «Un grupo de familiares, amigos y vecinos, ayer, ante la casa familiar.»
En ella aparecía mi padre, en primer plano, con el gesto serio y los brazos cruzados sobre su barriga prominente, en una pose muy suya que casi había olvidado y que me conmovió en cuanto la vi. Identifiqué también a algunos vecinos de la huerta, sobre todo a mi primo Quique, en la esquina izquierda, y a mi amigo Juan Alberto, a la derecha de mi padre. Junto a él estaba yo. Me reconocí por el chaquetón. En la foto, en blanco y negro y granulada, apenas se distinguía nada, pero yo no tenía la menor duda de que aquel era mi chaquetón verde y yo era la persona que estaba de espaldas, con la cabeza vuelta hacia la casa, con las manos en los bolsillos, hablando con Juan Alberto.
Intenté recordar el momento en que fue tomada la instantánea y no pude encontrar nada en mi memoria. "



El Poder de la Palabra
epdlp.com