La salamandra (fragmento)José Jiménez Lozano

La salamandra (fragmento)

"¡Qué calor hacía en aquel poblacho y en aquel pajar de aquel poblacho de la Mancha, cuando me volví a juntar con los de la causa, que me tiraba la causa y lo de la Luisa fue como un reposo de la lucha! Siete hombres sentados en la paja en torno mío. Y que como si fuera un juicio por traición, que desde meses atrás cuando me los encontraba en la tasca, que tú sabes muchas cosas, Damián, que tú perteneces a la causa y desde que estás con la Luisa que ya no eres el mismo, que un revolucionario debe ser como un fraile o caparle, que qué te habrá dado esa individua que hasta teníais un Corazón de Jesús encima de la cama como los burgueses. Pero que había sonado la hora y había que escoger o las mujeres o la causa, y que si escogía irme con la Luisa que lo sentían mucho, pero que a lo mejor tendrían que darme cuatro tiros, que los traicionaba y que no me quedaba más remedio que seguir en la causa. Que les explicara bien cómo ataban a las monjas para enterrarlas vivas y cómo las emparedaban y que si los frailes tenían planos de los subterráneos para ir a acostarse con las monjas de un convento a otro, y que si daban al Metro, que algunos lo decían, pero que no, que los obreros se conocían bien el Metro y que nada. Y entonces habló el de Madrid que era el jefe, que estaba empleado en los ferrocarriles de Madrid-Zaragoza-Alicante, y que la Luisa les diera una lista de los curas y de los obispos que iban a su casa por las noches. Que no seáis bestias, camaradas, pero ellos que ya veían que me había vuelto clerical y traidor. Que éste ya lee «El Debate», ya lo veis pero que con «El Debate» se limpiaban ellos el trasero y tal y cual, y que pronto se lo limpiarían con otras cosas y con las sabanillas de los altares. Que primero y último aviso, camarada, que nosotros no somos socialistas ni liberales, que andan con pamplinas de derechos y de leyes y refranes, que nosotros vamos a lo nuestro y que viva la Madre Anarquía y a quien se oponga al hoyo con él, que el mundo nuevo tiene que nacer así, que lo sentían mucho, pero que así tenía que ser. Y que tenía que pensar en una fiesta grande para la quema de todas las iglesias y desenterramiento de monjas, que mayor que la del año nueve en Barcelona. Y el de Madrid que no se pusieran así conmigo y que nadie como yo que, en realidad, con mi historial, que se ponían a mis órdenes. Y así fue como me pilló la guerra en aquellos pueblos de Toledo, que la Luisa se me borró del corazón y la Dama de la Justicia y de la Muerte volvió a inundarme con sus raudales de luz, como cuando estaba entre los salazones de la tienda, y seguía oliendo mal allí en los pajares, las bodegas, las casas abandonadas, que se agrian como el vino o se pudren como el cuerpo en cuanto los que las habitaban se van, y el olor todo de aquella gente pobre que no se lavaba y guardaba su sudor mezclado a su odio de generaciones. Todos habían sido acunados por la Iglesia en su niñez y todos la odiaban, ahora, o querían levantar su propia Iglesia, como la tía Petra, «la obispa». O como yo, que me dormía cada noche con el libro de la «Danza general de la muerte» y soñaba que era su jinete o jefe de ceremonias. "


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